viernes

Niña con ángel sin guarda

La nena tendrá unos cinco años. Ha entrado al bar y se desliza entre las mesas, se para al lado de cada una  con unas estampitas en la mano, sin hablar. Habla con los ojos.  Cuando se me acerca y veo la estampita que me deja, con una oración al ángel de la guarda, me viene un viejo recuerdo de mi niñez cuando me daba desconfianza y temor que un ángel estuviera detrás mío todo el tiempo,  por más que me dijeran que era para cuidar de mí. No me gustaba nada no poder verlo y tenerlo ahí, a mis espaldas. Se decía que si uno giraba rápidamente hacia atrás se lo podría ver.  Más o menos como aquello de tirar sal a la cola de los pajaritos para cazarlos.

La estampa tiene un dibujo antiguo, con vestimentas y escena de otra época, y la oración reza en castellano castizo. Le pregunto a la nena si sabe de su ángel de la guarda pero con los ojos me responde que no, que ni idea. Tal vez ni siquiera habrá prestado atención al dibujo.

Le recibo la estampita, le doy algo,  y entonces sin despegar los labios me agradece con una efímera sonrisita de alegría. Cuando se va, la chica del bar le regala una medialuna. Agradece también, tan pequeña y silenciosa, y con trabajo porque en una manito lleva la medialuna y en la otra las estampitas, abre la puerta y sale a la calle gris y destemplada de Mar del Plata. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

que ternura la nena y los recuerdos y qué pena también
Beti

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