La estampa tiene un dibujo antiguo, con vestimentas y escena de otra época, y la oración reza en castellano castizo. Le pregunto a la nena si sabe de su ángel de la guarda pero con los ojos me responde que no, que ni idea. Tal vez ni siquiera habrá prestado atención al dibujo.
Le recibo la estampita, le doy algo, y entonces sin despegar los labios me agradece con una efímera sonrisita de alegría. Cuando se va, la chica del bar le regala una medialuna. Agradece también, tan pequeña y silenciosa, y con trabajo porque en una manito lleva la medialuna y en la otra las estampitas, abre la puerta y sale a la calle gris y destemplada de Mar del Plata.
