El chico, que tendrá unos veinte años,
me cuenta que no fue un descubrimiento en algún momento de su vida, que lo ha
sabido y lo ha sentido desde que puede recordar y que siempre le ha parecido
tan natural y tan propio que ni siquiera
se le habría ocurrido comentarlo con alguien, como nadie comenta, por obvio, que tiene dos orejas o cinco dedos en la mano.

Cuando el chico quiere jugar con su personita
resopla fuerte y la despierta. Su yo diminuto se despereza, se estira, y si está de buen humor empieza a moverse, da saltitos, gira, baja por la garganta y al pasar le da un
manotazo juguetón a la campanilla, que vibra y produce un cosquilleo muy
agradable, y desciende todo lo que puede, agarrándose a las paredes en
escalada. Al chico le gusta mucho bajar a su interior y ver con los ojos de la
personita lo que hay adentro suyo.
Pero si un día la personita está de mal humor se le
sube por los senos paranasales y se lanza desde allá arriba a toda velocidad
provocándole estornudos como de alergia. El chico dice que siente perfectamente
el raspar de su pequeño yo cuando se desliza fuerte a propósito. Otras veces el minúsculo ser, relajado, feliz,
se deja llevar por el paso del aire, se deja hamacar con el aire que pasa por
detrás de la nariz y se queda jugando ratos largos a ir y venir con cada
inhalación y exhalación.
Así vive el chico habitado por la
personita a la que de ninguna manera quiere perder. Esto manifiesta mientras los dos charlamos
esperando que nos atienda el otorrinolaringólogo. Y me explica que ha venido a
la consulta por dolor de oídos pero que si con esos aparatos de temible poder
que todo lo ven en el interior de la gente le descubren a la personita y la
acusan del problema de los oídos, jamás
permitirá que la ubiquen y se la extirpen. Así asegura cuando el médico sale y
llama al próximo, que es él. Nos
despedimos, le deseo suerte y él entra al consultorio firme y con su decisión ya
tomada.