Actuar
o no actuar, ésa es la cuestión. ¿Qué es
más elevado para el espíritu, sufrir los
golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra el piélago de
calamidades y, haciéndoles frente, tratar de acabar con ellas?
Morir…,
dormir; no más. ¡Y pensar que con el sueño inducido por pastillas creemos dar fin al pesar del corazón
y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡Morir…dormir,
tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! Pues es forzoso que nos detenga
considerar qué pesadillas nos pueden sobrevenir en este afán
nuestro, cuando nos encontremos enmarañados en el torbellino de la vida.
¿Es
ésta la reflexión que da tan larga vida al infortunio? Pues, ¿quién soportaría
los ultrajes y desdenes del explotador, los agravios del opresor que bombardea
poblaciones civiles, las afrentas del soberbio financista, los tormentos del amor desairado, los fallos de la
injusta justicia, las insolencias del poder y los desdenes
que la paciencia de los pobres recibe del hombre indigno, cuando uno
mismo podría recuperar su dignidad con la simple acción?
¿Quién
querría llevar tales cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si
no fuera por el temor a algo más allá si abandonara esas cargas, el horrible miedo al castigo del
poderoso, el quebranto de la calma anónima, la pérdida de la reposada indiferencia, la temida región del desafío de cuyos
confines se regresa victorioso o derrotado, alternativa que desconcierta
nuestra voluntad y nos hace soportables los males que nos afligen antes de lanzarnos
contra aquellos otros que vislumbramos? Así la conciencia nos vuelve cobardes a
todos y así el primitivo matiz de la resolución desmaya con el pálido tinte del
pensamiento, y las empresas de gran aliento o importancia, por esa
consideración, tuercen su curso y pierden el nombre de acción.

Hombre líquido
David dos Santos Feal