Llueve intermitentemente desde hace varios días. Si no llueve llovizna y entre una y otra, cuando el agua que cae del
cielo se detiene un rato, se siente el
aire traspasado de humedad. Se lucen unas perlas colgantes de los aleros, las
hojas de las plantas sostienen unas
gotas grandes de belleza traslúcida, y bajo el pasto la tierra no termina de
absorber tanta agua.
En mi exvida del centro de la ciudad la humedad era solo atmosférica. Y
bien molesta que era. Pero las lluvias no dejaban perlas sobre el pasto ni bajo
él la vida secreta de las lombrices, o a mí no se me revelaban porque no hay
perlas ni lombrices sobre el asfalto. Y era muy raro descubrir el arco iris
entre los edificios al contrario que aquí, en Alto Camet de Mar del Plata, que cruza abiertamente el cielo con su
semicírculo de delicado esplendor.
Mis plantas están hinchadas de agua. Ellas y yo esperamos el fin de la
lluvia, el viento sur que seca y enfría,
y la reaparición del sol que hará brillar las hojas limpias y
reverdecidas y a mí hacerme caminar sobre la tierra que se seca a buscar el
horizonte, allá, donde se traza sobre el confín del mar.
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