jueves

Detención de un mantero negro

Voy caminando por Av. Santa Fe, ayer a la tarde, cuando veo patrulleros y ambulancias y un tumulto de gente frente al shopping Alto Palermo. Pienso en un accidente pero algo no coincide: el nudo  de gente no está quieto y callado, se mueve, se agita, lanza voces.  Me acerco y me entero: la policía ha detenido a un mantero,  un muchacho nigeriano que en esa vereda vende carteras y billeteras, y  para que no se lo lleven la gente ha rodeado el patrullero haciéndole un cerco que ha detenido a la policía. ¿Y las dos ambulancias?, pregunto. Me dan diversas versiones: el muchacho negro se descompuso con convulsiones, la policía le pegó, le pusieron algo en una inyección, y tuvieron que atenderlo. Trataron de llevárselo en la ambulancia, o la gente pensó que podrían hacerlo, y entonces le pincharon una rueda. La ambulancia tendrá que esperar el auxilio con el detenido adentro, y en la situación se acerca una tercera, lo que despierta ironías y bronca entre los presentes: tres ambulancias aquí en vez de estar atendiendo las emergencias.
El cerco a la policía no cede, al contrario, se agranda sumando más y más personas que se indignan al enterarse del motivo de la agitación. La gente ya es mucha, se ha derramado sobre la avenida, y la policía corta el tránsito desviándolo por Coronel Díaz y por Bulnes.  Se oyen gritos: ¡porqué no detienen a los funcionarios corruptos! y ¡porqué no detienen a  los narcotraficantes!  Claro, conversamos entre nosotros, el nigeriano no pagaría coima, por eso lo detuvieron. ¡Qué vergüenza!, se oye, no dejan trabajar a un chico negro, inmigrante, que casi no habla el castellano, y que no hace mal a nadie, en vez de estar persiguiendo a los chorros en serio. El intercambio fervoroso entre  desconocidos recuerda a las coincidencias  apasionadas  en la calle durante  los días del 19 y 20.
Un poco después la puerta de la ambulancia se abre y se ve al muchacho, lo van a sacar. La policía se cierra brazo con brazo, y el cerco sobre la policía se exaspera. Hay gritos, remolinos, se trata de impedir que lo suban al patrullero, que está a unos metros,  y los cuerpos  empujan para que la policía no llegue al coche.  Pero lo logra.  Suben al mantero, cierran las puertas, y entre patadas de furia el patrullero arranca y se va.  La acción genera un coro de insultos: ¡coimeros!, ¡cobardes!, ¡hijos de puta!  
La policía se ha llevado al protegido  pero el tumulto no cesa y ahora se estrecha sobre los agentes que quedaron custodiando la ambulancia que cambia la rueda. Hay que verles la cara de miedo. Los indignados insultos se repiten largo rato.  Se ve el corte de la avenida  como un triunfo y la acción como justa, aunque se haya perdido. Se forman corrillos que comentan e intercambian fotos y videos. Varios vecinos del Alto Palermo se asombran: ¿de verdad esto ha pasado aquí, en este lugar indiferente, inhumano?, dicen,  uno aquí y otro allá, y se reconocen gratamente sorprendidos. Los que no somos vecinos también nos sorprendemos. Una chica que trabaja en Migraciones ha obtenido el nombre del detenido, así que verá qué puede hacer, por empezar avisar a la embajada. Otra cuenta que  en la seccional le informaron el procedimiento: pedirán antecedentes al país de origen del muchacho. Nueva indignación: ¡pedir antecedentes por alguien que vendía carteras en la calle!

La gente ha comenzado a menguar, y ahora llovizna. Los últimos veinte o treinta siguen en medio de la Santa Fe cortada, todavía disfrutando de haberse convertido en dueños de la calle. Yo me he encontrado entre  los gritos y los empujones con una vieja conocida, de tiempos de estudiantes. Qué linda manera de reencontrarnos, pienso.

Intercambiamos los datos de contacto, y le digo que contaré esto. Acá cumplo.

martes

BABELITA - Un cuento de bibliotecarios (y de otros seres lectores)

Recién había terminado de estudiar y con ese, que iba a ser mi primer trabajo, empezaba mi viaje como bibliotecaria,  así que yo estaba muy contenta y orgullosa de que me hubieran elegido a mí. Sabía de la larga fama de la biblioteca adonde iba a trabajar pero nunca la había visitado, ni siquiera en las entrevistas de selección, que me habían hecho en unas oficinas exteriores.  Además de la fama conocía por afuera el edificio: era un bloque imponente, cuadrado, sólido, que ocupaba dos manzanas, rodeado de parque.

Por eso, la primera sorpresa al entrar fue la arquitectura: adentro,  el bloque cuadrado se transformaba en hexágonos.  Sí, en hexágonos. Un piso,  y otro y otro,  y los depósitos en el subsuelo, todos eran hexagonales, con un  impresionante hueco en el medio que los recorría de arriba abajo, haciéndoles perder un espacio valioso que de otra forma podría haberse aprovechado muy bien. Eso pensé yo al verlo, porque llevaba en la cabeza los temas de arquitectura recién vistos en la carrera, y me pregunté cuál arquitecto desaprensivo habría diseñado la biblioteca con esa planta tan mala y monótona.  Además,  había en cada piso  dos cuartitos mínimos que se repetían como una obsesión,  uno de los cuales parecía haber sido pensado como baño, aunque se usaban para guardar escobas y baldes,  y también papeles y cajas para tirar. Los baños reales estaban en otro lado. Tampoco la iluminación, que provenía de lámparas más que de ventanas,  era buena. 

Una bibliotecaria alegre, de mirada chispeante,  me recibió esa mañana con la burlona frase “bienvenida a Babelita”, mientras hacía un amplio gesto para indicarme todo el edificio. Me causó gracia.  Luego, y mientras esperaba a la directora, la bibliotecaria me contó a grandes trazos acerca del fondo bibliográfico diciéndome que era muy rico y diverso y que la tradición indicaba que lo era  tanto que no tenía dos libros idénticos,  y eso que se contaban unos millones de ejemplares.  Lo de que no tuviera dos libros idénticos me pareció imposible, o por lo menos improbable, y también desacertado ufanarse de eso,  pero me callé  la boca sin poder descifrar la divertida ironía que le escuchaba en esa declaración. Me di cuenta que declarar  que no había dos libros idénticos era un estandarte y que se usaba como consigna de publicidad y para los aniversarios y celebraciones de la biblioteca.

En cierto momento mi guía me avisó que la directora de la biblioteca había llegado y que me recibiría. Me llevó por varios hexágonos hasta su despacho mientras me contaba  que la llamaban la Mujer del Libro, y con graciosa insolencia dibujó una especie de reverencia al decirlo. Luego me dejó en la puerta de la oficina y me dijo que tal vez  nos veríamos un día en el descanso del almuerzo.

Yo no conocía personalmente a la Mujer del Libro pero sabía que era muy reconocida entre los bibliotecarios del mundo. Ella había sido una de las fundadoras del grupo internacional que trabajaba desde hacía años en construir el catálogo de catálogos, un Catálogo Total que presentara de una sola vez, en un solo sitio web, todo lo que la humanidad hubiera escrito,  y que previera también el espacio y las condiciones  para  todo lo que escribiría por los siglos de los siglos. Para mí era un honor conocerla y me sentía un poco intimidada.

La directora era alta y enorme, muy blanca,  y de ojos claros e inexpresivos. Me dio la bienvenida y me invitó a conversar sobre algunas cuestiones generales. Hacía silencios muy largos al hablar y aquella primera vez no pude dejar de inquietarme con ellos porque ¿yo tenía que hacer o decir algo durante esos largos segundos en los que me miraba callada con sus ojos claros  de mirada fija y vacía? Después me acostumbré: lo único que tenía que hacer era esperar a que volviera a hablar.  Esperé, entonces, hasta que me encomendó la primera tarea que yo haría en Babelita.

Como había supuesto me darían  las tareas atrasadas de años, las tediosas, los kilómetros de estantes sin revisar,  las que todos los bibliotecarios esquivaban desde hacía mucho. Pero no me importaba, yo todo lo quería aprender y además, como recién llegada, no estaba en posición de seleccionar tarea.  Y así fue: la  tarea que me encomendó la directora fue revisar los estantes del Hexágono Uno y corroborar las existencias con la base de datos.

Era una tarea de auxiliar pero que me permitió descubrir las inconsistencias de la biblioteca y ponerme en alerta. Lo primero que noté fue la uniformidad: todos los volúmenes parecían tener la misma altura y el mismo grosor, algo más de cuatrocientas páginas cada uno, ¿cómo habían logrado adquirir y guardar uno al lado del otro tantos libros del mismo tamaño?  Y luego los conté: en cada estante se guardaban treinta y dos libros, ni uno más ni uno menos, y con independencia del largo del estante. Sin haber recibido ninguna advertencia sobre esto pensé que bien podía racionalizarse el espacio y comencé a correrlos para ganar metros,  pero enseguida me observaron  que debía conservar el número de treinta y dos volúmenes por estante. Lamenté la directiva por inútil y me quedé con ganas de discutirla.

También encontré que la leyenda de que no había dos libros idénticos era eso, una leyenda. En cada estante encontraba duplicados, no uno o dos, sino muchos. Los idénticos estaban impecables, parecían recién salidos de la editorial,  como si nunca hubieran sido abiertos,  y no figuraban en las bases de datos.  Entonces me vino a la cabeza el lema de la biblioteca, ese de que no tenía dos libros idénticos, ¡así, claro! Y también advertí el papel que cumplían: se intercalaban entre los títulos, antes de que  apareciera alguno de otro tamaño,  hasta completar los treinta y dos del estante para que lo emparejara dándole esa uniformidad visual que impresionaba por perfecta.  De ese modo, al verlos emergía una pregunta: ¿todos los libros eran iguales?

Ese primer día,  y el siguiente  y el siguiente, mientras yo avanzaba en mi relevamiento, intentaba comentar con los otros bibliotecarios mis hallazgos, que enseguida comenzaron a parecerme insólitos. Nos reuníamos a almorzar por turnos y por grupos de hexágonos,  los de los depósitos, los de los hexágonos impares, los de los pares, en otra cuestión matemática incomprensible para mí y que todos asumían con naturalidad. Lo extraordinario era lo que se hacía cada vez al terminar de comer. Llamaban al Hexágono Cinco avisando que el almuerzo ya había terminado y que estábamos dispuestos,  y entonces aparecía en el comedor un par de sonrientes compañeros que eran recibidos agitando los brazos y con cantitos de tribuna, del tipo “¡Y pegue, y pegue, pegue Cinco, pegue”!, y cuya función consistía en  hacer cálculos para que,  de acuerdo a  los resultados que se obtuvieran,  el próximo almuerzo de cada turno se combinara  entre diferentes pisos, entre el tercer depósito y el Hexágono Nueve, o entre el Hexágono Tres y el Hexágono Siete, por ejemplo. Cuando vi eso, me quedé boquiabierta. Pregunté cuál era el sentido de esa costumbre y me respondieron, divertidos, que era para que los hexágonos parecieran infinitos (¿a quién tenían que parecerlo?) porque respetando esos cálculos no habría repeticiones de los pisos que se reunían a comer por mucho tiempo (por tiempo indefinido,  o jamás de los jamases, volvieron a reírse, y si nos repetimos empezaremos de nuevo, aseguraron). Por esta razón nunca coincidí con la bibliotecaria desenfadada que me había recibido al llegar.

En esos almuerzos yo intentaba abrir conversación acerca de mis dudas y desconciertos,  pero
encontraba que casi siempre mis nunca repetidos compañeros estaban hablando incansable y  fervorosamente de un tal Funes. Este Funes, del que nunca pude saber si ese era su apellido real o el que le daban como apelativo, era un misterioso bibliotecario,  ya jubilado y ciego, que en virtud de sus muchos años de trabajo seguía yendo por su gusto a la biblioteca,  pero sin obligaciones laborales que cumplir. Que fuera ciego ya me pareció asombroso, pero más todavía cuando se aseguraba que memorizaba la ubicación de todos y cada uno de los libros de la biblioteca. Recordaba la disposición de todos los que hubiera visto, y por los que ya no había podido ver solo era necesario mencionarle dónde se ubicaban para que lo guardara en su memoria para siempre.  Cuando me lo contaron creí que me estaban haciendo una broma para recién llegados, pero no lo era, cada día alguno de los bibliotecarios contaba un nuevo desafío que había consistido en preguntarle  a Funes dónde se guardaba tal o cual libro, uno que tal vez no había sido requerido por años, o por décadas. Y según el relato,  Funes habría respondido en el acto: “en tal hexágono, a la derecha, estante tal, número cual”. Todos se quedaban debatiendo la precisa respuesta, de nuevo admirados por la memoria ilimitada del viejo bibliotecario. Yo ansiaba conocerlo pero nunca lo hallé y no me lo crucé hasta que me fui.

La siguiente tarea que me dieron fue también reveladora. Debía controlar la llegada de una adquisición muy grande de libros en la cual la biblioteca había invertido una suma considerable de su presupuesto. Me gustó recibir este trabajo, a mí siempre me han gustado los libros nuevos porque me parece que son como los bebés, que  vienen a renovar el mundo y  la biblioteca. Una mañana descargaron muchas cajas en uno de los depósitos y yo me ubiqué allí, con las facturas en mano, para tildar título por título. Con expectativa abrí la primera caja y saqué el primer libro,  y cual no sería mi sorpresa al ver que el título era un conjunto de consonantes sin significado, algo como “Xhgfytlñ Tylbcx” y que el texto repetía tres letras mayúsculas, CVM desde la primera página  hasta la última. Sí, desde la primera hasta la última, todas las páginas llenas de CVM, una tras otra.

Me asusté,  y solté el libro como si me quemara. ¿Qué era eso? Dejé esa caja recién abierta y abrí otra: los libros tenían como título una nueva combinación de consonantes y adentro la misma repetición de cevemés. Me restregué los ojos,  tal vez  yo estuviera soñando. Abrí otra caja más y para mi ya desencajado asombro comprobé la misma repetición de letras en todos los textos. Por un segundo pensé que serían tal vez libros de prueba de las editoriales, por ejemplo pruebas de papeles o de tintas, y que habrían llegado por error a la biblioteca, y alcancé a ilusionarme por ese segundo,  saqué     desesperada  todos los libros de la caja, sin mirar los títulos consonánticos y tratando de encontrar alguno que no presentara las CVM, pero me rendí: todos eran iguales e igualmente perversos.

Me quedé desconcertada en medio del depósito, con las facturas en la mano, perdida. Nunca había visto eso y nunca se me había ocurrido pensar que alguien  podría editar semejante chifladura, con los costos que tendría. Tardé en reaccionar pero decidí que  yo no iba a relevar como si fueran normales esas anomalías,  así que abrí todas las cajas, una por una, y en todas corroboré lo mismo. Conté las cajas, multipliqué los libros, comparé con las listas en papel y sin  más subí a buscar a la directora.

La directora almorzaba en su despacho atendiendo algo en su pantalla al mismo tiempo, y me recibió con calidez. Habrá visto mi expresión porque detuvo un bocado en el aire  y se quedó esperando lo que le dijera. Cuando quise hablar no me salían las palabras de tan afectada que estaba, y cuando por fin me salieron solo podía emitir exclamaciones y oraciones inconexas, algo como: “la compra…hay…¡ohh!…ahh…es que no…¡nooo!...sin  vocales…horrible…no, no…¡ohhh!, repite, repite, repite…”.

La directora  dejó el tenedor y me observó con aquella mirada suya. Estaba tratando de entender lo que le decía, creo.  Miró las facturas que tenía en la mano,  y al fin sonrió. Me preguntó quién me había dado el trabajo de controlar la adquisición y evaluó que no era una tarea para alguien recién incorporada a la biblioteca. 

        ¿Pero qué es eso?  pregunté, alterada todavía ¿qué son esas cosas con aspecto de libros?

La señora suspiró como si explicármelo fuera muy difícil y me dijo que tal vez lo podría comprender más adelante, que le dejara las facturas, que ella se ocuparía de asignar la tarea a alguien antiguo, que me tranquilizara y que me tomara la hora del almuerzo.

Salí de la oficina perturbada porque la Mujer del Libro no me había dado ninguna respuesta. Esa noche, sin poder dormir, lo entendí: seguro que se trataba de una compra espuria, sería corrupción, ¡seguro que era eso! Habría algún acuerdo sucio entre una editorial y la biblioteca, y gente que se llenaría de plata con esa adquisición absurda que vaya a saber qué ocultaba, supuse. Y sentí vergüenza  por haber visto esas imitaciones horrendas de libros,  como si hubiera visto desnudo a mi padre.

Por varios días me sentí mal, desengañada, pero desconfiaba de compartirlo con los demás a quienes veía tan incluidos y tan convencidos.  Hacía todo lo que me indicaban pero en mi interior estaba sufriendo lo peor que me puede pasar: decepción. ¿Esta era la famosa biblioteca? ¿Así de extravagante y así de corrupta? Al anterior desconcierto por la arquitectura, por la forma obsesiva de guardar solo treinta y dos libros por estante, a los personajes fantasmales que deambulaban por los pisos, como Funes, a las costumbres extrañamente matemáticas  de los  bibliotecarios,  a la difusa percepción de que me tenían bajo la sombra de una broma gigantesca, a la falta de respuestas a mis  preguntas,  le sumaba ahora la sospecha de corrupción.

Por otro lado,  fui conociendo a los referencistas y tampoco  me resultaron un refugio. En los ratos libres se reunían a conversar acerca de unos hexágonos distintos a aquel en que se encontraban, que estarían pisos más arriba o más abajo,  y se los oía ilusionados con encontrar en esos otros lo que no hubiera en el propio. ¿Qué buscaban? Los del Hexágono Cero decían que trabajar en el Hexágono Seis tenía compensaciones que no existían en el suyo; los del Seis se mostraban cansados del Seis y proclamaban que trabajar en el Hexágono Uno resumiría todo lo que deseaban; los del Uno, por su parte, buscaban en el Tres una materialidad que les haría bien, según manifestaban. Todos, además,
tenían gran expectación en lo que fuera a mudarse al Hexágono Cuatro,  un piso vacío que el mismo ascensor no reconocía y en el que no se detenía. Y aunque tenían todos los registros en sus bases de datos igual suponían que en otras plantas podrían encontrar obras tan ricas e iluminadoras que cambiarían por completo la atención de ese mostrador de referencia. Persiguiendo esta idea observaban con máxima atención a los lectores creyendo que los que accedían a esos libros serían más cultivados y profundos, el trabajo más interesante en esos pisos, y más clara la posibilidad de desarrollar la carrera. Y cada uno  aseguraba que tenía pedido un traslado o que lo pediría en breve. Así en todos los niveles, los de más arriba o los de más abajo. A veces me quedaba escuchándolos por curiosidad,  pero ya sin expectativa.

La biblioteca era riquísima en lingüística y en literatura y presentaba textos en todos los idiomas del mundo, vivos y muertos. Tenía corresponsales en diversos países encargados de buscar traducciones y a mí me maravillaba la variedad idiomática que de una misma obra se podía reunir, aunque no sin cierto regusto irónico: ¿cuál era el objetivo de reunir tantas variaciones de la misma obra? ¿Para qué? Yo solía discutir con el irritable bibliotecario encargado de ese hexágono, que se encrespaba con mi interrogante. Le preguntaba “¿qué vanidad de vanidades lleva a que los versos del Martín Fierro aparezcan  en euskera, en guaraní, en checo, en esperanto o en japonés?”, y él casi me echaba del piso,  “¡vanidad de vanidades!”, rugía, como si le hubiera clavado un puñal en medio del pecho, ofendidísimo. Me imaginé al Martín Fierro escrito en cemevé: ¡ahijuna! Sería la variación que faltaba.

Y había en todos los hexágonos muchos libros escritos en lenguas ni vivas ni muertas, unos idiomas no existentes ni en el pasado ni ahora, textos que parecían combinaciones de letras y nada más. También les preguntaba a los otros  bibliotecarios qué idiomas eran esos, si es que eran idiomas (¿serían lenguajes de programación?), pero ellos tampoco sabían. 
Una vez vi a un nene con uno de esos libros. Fue el día que el chiquito, que todavía no sabía leer, se escabulló del lado de  su madre y se largó a recorrer  los pisos hasta que lo encontramos, un cuarto de hora después. 
Estaba sentado en el suelo, abstraído con uno de esos libros ilegibles que tenía abierto sobre las piernas, y al revés. Imitando una lectura en voz alta cantaba unos sonidos con buen ritmo mientras con un dedito recorría las líneas de letras patas arriba.  La mamá, aliviada,  y varios otros,  le tomaron fotos. A mí me dijo un compañero que en ese momento yo mostraba  una sonrisa torcida y le respondí, con sorna,  que  era porque al fin parecía cierto que cada libro tenía su lector.

Trabajando así, de hexágono en hexágono, fui escalando a la indignada rebelión que al final me impulsó a marcharme. Había empezado a ver en los estantes aquellos libros escritos en cemevé, que ya habían sido procesados, y me  indigné porque los habían incorporado nomás y  los habían puesto a disposición  de los lectores.  ¡Me dieron ganas de hacer una denuncia pública! Pero no me animé, y deseé que los lectores se indignaran tanto como yo y hasta que me fui estuve atenta por si coincidía con alguno, pero no supe que hubieran  preguntado por aquellos textos.

Y por último comencé a caer por un tobogán desenfrenado. En  el Hexágono Cinco encontré que los libros de astronomía se ubicaban en estantes altos porque los cielos están en las alturas, y los de geología en los estantes bajos, ya que tratan del interior de la tierra. Me quedé paralizada con esas disposiciones que rompían  groseramente con nuestros claros y flexibles sistemas de clasificaciones, y con el uso del espacio en los estantes. Los alucinados catalogadores lo justificaban argumentando acerca de un sistema propio que desarrollaba la biblioteca, que buscaba eliminar la distancia entre el sistema y la vida misma.  Me dijeron, no pude saber si en serio o en chiste y no poder saberlo me exasperaba, que todos nosotros, yo misma, éramos parte de esa estructura de clasificación inseparable del existir. Siguiéndoles la corriente les pregunté, con inquietud,  dónde me ubicaba yo,  y entonces me invitaron a que fuera a la oficina de Procesos Técnicos para verlo porque acababan de incorporarme, y hasta me felicitaron por la integración.

Entré a la oficina temblando. Allí me hicieron lugar frente a una pantalla y me dijeron que se aplicaría un programa que también habían desarrollado ellos, y del que se sentían muy orgullosos. Me dejaron ahí, di enter, y empezaron a correr imágenes que rodaban en 360º y que se sucedían unas a otras tan rápidas que me parecían simultáneas, un flujo circular y veloz que me obligaba a  forzar la atención para seguirlo. Pero primero yo no vi  su sistema  sino que vi toda Babelita, todos sus pisos y todos sus lectores en ese momento, vi a uno en el Hexágono Ocho que oculto detrás de unos estantes  se metía El limonero real en el bolsillo, vi a Jorge de Burgos envenenando manuscritos para no difundirlos, vi bibliotecas olvidadas y  polvorientas, vi los libros que había en mi casa de infancia cuando todavía me eran incomprensibles pero, tan potentes, ya me convocaban, vi a los lectores que leían de izquierda a derecha, a los que lo hacían de derecha a izquierda y a los que leían de arriba hacia abajo, vi océanos de personas que jamás habían leído un libro, vi a un ciruja  mugriento en Buenos Aires  que sentado entre las bolsas de  basura y el ruido de la calle leía, ajeno a todo, Memorias de Adriano, vi el secuestro de los bibliotecarios desaparecidos, vi todas las hogueras en las que han ardido los libros, vi bibliotecas bombardeadas, vi a una niña recogiendo libros de entre los escombros en Gaza, vi los lugares exactos en donde  fueron enterrados por miedo incontables  libros y cuyos dueños, después, no pudieron encontrarlos, vi a un grupo de saqueadores que robaban tablillas sumerias en la Bagdad invadida, vi el Catálogo Total ¡ya creado y funcionando! pero de acceso carísimo, vi una biblioteca que podía ser Babelita,  pero desmesurada, sin piso ni techo, perdiéndose su cúpula entre la nubes y sus innumerables depósitos hundiéndose en los subsuelos, y yo ahí, ahí estaba y entonces me vi, en uno de los hexágonos de esa biblioteca inhumana.

Salí de Procesos Técnicos mareada por el impacto. Yo no había querido ver tanto ni tan rápido con mis dolidos ojos, pero sobre todo no  quería ser parte de su sistema, no quería tener ninguna ubicación con un número y un punto en él,  y confieso que la perspectiva de ser integrante de esa estructura me daba miedo y me producía rechazo. Fue la última razón para marcharme. Y me fui sin poder saber si todo era un montaje colosal para que la biblioteca existiera como un reflejo, el reflejo de una  imagen literaria. Como fuera, yo me resistí a que con el paso del tiempo Babelita se me volviera natural, normal la uniformidad de sus estantes,  divertidos los cálculos matemáticos de sus hexágonos con la intención de que se imaginaran infinitos, con algún sentido las combinaciones o las repeticiones agobiantes de letras, y aceptara y me acomodara en su sistema y hasta comenzara a regocijarme como los demás y a afirmar, en alguno de  los incontables homenajes que siempre se le están rindiendo,  que no tenía dos libros idénticos. Es que había encontrado que en esa biblioteca se aborrecía del orden bibliográfico que a  todas las demás les da sentido, y se amaba recrear un permanente desorden repetitivo del universo, vacío de consecuencias, al que poetizaban llamándolo divino, para estar siempre intentando humanizarlo y siempre con buscado nulo resultado. Desordenar infinitamente e intentar ordenar por siempre jamás era la consigna. Yo no cuadraba, mi vindicación no tenía lugar en aquellos hexágonos.

La tarde que me iba me despedí con unos saludos apurados a uno u otro y pregunté por la Mujer del Libro, pero por suerte se hallaba de viaje. Sintiéndome aliviada de dejar aquel caos monstruoso,  cuando salía vi a un anciano pequeño y  delgado en la puerta, apoyado en un bastón, y adiviné que era Funes y que me estaba esperando. Me sorprendió que me esperara porque no nos conocíamos. Al sentir que me acercaba me llamó por mi nombre, y yo le respondí. No me veía pero su actitud era afable. Dijo que había sabido de mi esforzado trabajo y que lamentaba que abandonara la biblioteca, pero que  respetaba mi decisión. Me tendió la mano en saludo, se la estreché y me despidió diciendo:

- Vaya en paz, m’hija, y hágase feliz que no todo está escrito.





Isabel Garin



Imágenes: 
Mano sobre libro, de  Antonio Monleón
Rayas rojas, de  Lorena Emmereth
Escalera caracol, en http://mimundodepapel-chema.blogspot.com.ar/2011_01_01_archive.html
Soldados quemando libros, Chile, 1973
Bombardeo e incendio de la Biblioteca de Sarajevo, 1992











































 


























sábado

El valor de cada día

Mónica Barroso, bibliotecaria en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de Argentina, fue diagnosticada con ELA, esclerosis lateral amiotrófica. Lejos de apartarse o decaerse, le da batalla cada día a su enfermedad y sigue estudiando y trabajando, bibliotecaria siempre. 





martes

3/11/2014


Una biblioteca centenaria espera en cajas en un galpón

Por: Santiago Baraldi
Es la Eudoro Díaz, fundada en 1891 y destinada a docentes. Hasta hace casi dos años estaba en el edificio restituido a la Vigil.

La imagen 40 mil volúmenes, muchos de ellos centenarios, en un galpón donde se junta agua en cada lluvia, es la postal que retrata la importancia que desde la burocracia del Ministerio de Educación se le da al destino a la mítica “Biblioteca Pedagógica Eudoro Díaz”. Los 26 empleados fueron reubicados hasta que las obras en el edificio donde funciona la Regional VI del Ministerio de Educación de Santa Fe, en Echeverría 150 bis, algún día se terminen.
“Para los empleados de las Biblioteca Pedagógica es una desesperación, porque los libros están tirados en un galpón”, describe indignada Marta Müller, una de las bibliotecarias, hoy hacinada en un cuartito de la planta alta, en Laprida 1049, sede de “Zona de Aprendizajes”, a la espera de una respuesta del Ministerio. La directora de la biblioteca, María Cristina Pasinato, realizó objeciones a los planos originales que había presentado para reformar y adoptar los otrora galpones del ferrocarril, hoy sede de la Zona VI de Educación.
Fundada en 1891
“A punto de cumplirse un año del cierre por traslado de la Biblioteca Pedagógica, seguimos esperando el acondicionamiento del futuro edificio prometido por parte de las autoridades provinciales, aún sin novedades”, insiste Müller. La Biblioteca Pedagógica es una institución de 123 años, inaugurada el 11 de septiembre de 1891 por Eudoro Díaz –docente, periodista, director del Colegio Nacional, tucumano por nacimiento y rosarino por adopción– para contribuir a la formación de los docentes de la ciudad y su zona de influencia.
Funcionó en distintos locales del Ministerio de Educación hasta que en 1942 se concretó el deseo del local propio en la calle 9 de julio 1247. En marzo de 1981, se trasladó por decreto a la calle Alem 3078, edificio de la intervenida Biblioteca “Constancio C. Vigil”. El 6 de diciembre de 2012 la promulgación de la ley provincial 13.306 dispuso la restitución de los bienes muebles e inmuebles a la biblioteca Vigil. La misma ley, comprometió al Estado provincial a trasladar a la Biblioteca Pedagógica “Eudoro Díaz” a una nueva ubicación estratégica, cercana a los institutos de formación docente, en un plazo no mayor a un año.
Sin embargo, el 6 de diciembre de 2013, venciendo el plazo de restitución del edificio, todo el acervo bibliográfico de la Biblioteca, los casi 40 mil volúmenes, como así también sus bienes, fueron embalados y trasladados a un depósito en el edificio donde funciona la Regional VI del Ministerio.
Un año sin respuestas
“La Biblioteca hoy se encuentra en una etapa de transición e incertidumbre, con el creciente deterioro de sus bienes y su colección. A pesar de esta situación, durante este año de trabajo, el personal de la Biblioteca elaboró proyectos y sumó ideas para la reapertura en su nuevo ámbito. Se establecieron contactos con bibliotecas escolares, con instituciones de la zona y se trabajó para el desarrollo de una colección acorde a las necesidades de información de docentes y estudiantes de nivel superior”, agregó la bibliotecaria quien rescató el apoyo de los Amigos de la Biblioteca, “una especie de cooperativa, que con esos subsidios nos permitió adquirir más de 800 libros y revistas, que inmediatamente se pusieron a disposición de docentes y nuevos socios que vienen a Zona de Aprendizajes”.
Müller señala que “cada tanto vamos hasta al galpón en busca de carpetas o libros puntuales y vemos el deterioro de los libros, que si bien muchos están embalados el lugar se llueve, se hace una laguna y hay que amontonarlos y ni hablar de las ratas.
Cuando nos desalojaron de la Vigil, nos engañaron diciendo que buscaban un lugar céntrico para la biblioteca, eso fue hace casi dos años; después nos citaron en noviembre del año pasado con los funcionarios de Santa Fe y nos dijeron que las cosas iban a aquedar en la sede de Educación, en la Región VI. En todo este tiempo no hubo ningún tipo de respuestas y allí hay material indispensable para el trabajo de los docentes”, concluyó la bibliotecaria.
Fuente bibliográfica
BARALDI, SANTIAGO [sin fecha]. Una biblioteca centenaria espera en cajas en un galpón | Diario El Ciudadano y la Gente. [en línea]. [Consulta: 3 noviembre 2014]. Disponible en: http://www.elciudadanoweb.com/una-biblioteca-centenaria-espera-en-cajas-en-un-galpon/. 

jueves

Publicación de un post en Infotecarios: bibliotecarios y literatura

El sitio web INFOTECARIOS acaba de publicar una nota mía sobre el bibliotecario y la literatura, en general y en particular la de mi producción. INFOTECARIOS es un espacio web colaborativo, centrado en el ámbito latinoamericano,  que difunde ideas y opiniones sobre temáticas relacionadas con la información y la documentación. Dejo aquí el enlace al post y la invitación a comentar lo que se les ocurra al respecto, todas las  opiniones y comentarios son bienvenidos.  
Y muchas gracias a Infotecarios por la invitación en su espacio!

El bibliotecario en la literatura y una literatura de bibliotecarios


Quisiera comentar aquí unas observaciones sobre la figura del bibliotecario en la literatura y, al mismo tiempo, presentar los cuentos de bibliotecarios, narraciones surgidas de mi trabajo como tal en la Universidad de Buenos Aires, con la intención de comparar figuras y contextos y de invitar a compartir una literatura en la que podamos vernos - Leer más



miércoles

ABGRA publica mi cuento Oscuro objeto del deseo




El último Boletín de ABGRA - Septiembre 2014 -  difunde mi cuento
OSCURO OBJETO DEL DESEO

El cuento trata de una batalla desigual pero decidida sobre el depósito de una biblioteca.

Muchas gracias, ABGRA!

sábado

Zonas neutras - Lugares de Patrick Modiano

Hay en París unas zonas neutras..."zonas intermedias, tierras de nadie en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o incluso en suspenso. Podía disfrutarse allí de cierta inmunidad...La calle de Argentine, donde tenía alquilado un cuarto de hotel, era desde luego una zona neutra. ¿Quién habría podido venir a buscarme aquí? Las pocas personas con las que me cruzaba debían de estar muertas para el estado civil. Un día, hojeando un periódico,  fui a dar, en la sección "avisos de los juzgados", con un suelto que se titulaba "Declaración de ausencia".  Un tal Tarride llevaba treinta años sin volver a su casa...Estaba seguro que el individuo aquel vivía en esa calle, con decenas de personas a quienes también habían declarado "ausentes".

Unos sitios de paso, aptos para esconderse, para no ser vistos ni encontrados...Así identifica Patrick Modiano, el reciente Nobel de Literatura,  a algunos barrios o calles de París, en su melancólica novela En el café de la juventud perdida (la única que he leído de él). La novela rememora al café Condé donde unas almas desconcertadas, ateridas, que no pueden hallar sus caminos ni sus pasos, o que huyen de ellos, se reúnen cada día. 

Esas zonas para suspender la vida, para quedarse eternamente en tránsito, me resultan tentadoras, o atractivas. ¿En dónde estarían en Buenos Aires? ¿Habría aquí "zonas neutras"?

domingo

Porno pichicho


A dos cuadras de mi casa hay una veterinaria, negocio antiguo en el barrio. Acostumbrada a verlo, hace un tiempo me confundió: un día lo vi desde la vereda de enfrente y creí que habían cambiado de rubro por una casa de ropa infantil. Cuando me acerqué a corroborarlo descubrí que no era de ropa para humanos pequeños sino de variados vestiditos y polleritas para perras y de jeans y remeritas para perros. 


Ayer pasaba por ahí de nuevo y volví a sorprenderme. Salía del negocio una señora con su primorosa perra recién vestida. Ella, la perra, llevaba puesta una mínima pollerita tableada, en escocés rojo, y moño al tono en la cabeza. Como iba delante de mí yo veía bamboleando su culito rodeado del collar que le hacía la pollera mínima, y entonces me vino a la cabeza la imagen de la "colegiala hot" usada millones de veces en la imagenología erótica, o porno. No dejaba de ser un comparativo para matarse de risa y grotesco al mismo tiempo. 
Y no pude dejar de asombrarme por ese poder de asemejar a mujeres y perras (¿hot?).