lunes

HORARIO DE CIERRE - Un cuento de bibliotecarios

Para no tener problemas al nombre del usuario me lo callo  pero si se hiciera conocido y los problemas se presentaran  que se sepa  que  los compañeros de la biblioteca me respaldan. Esta misma noche acabo de hablar con todos ellos.
El usuario, un estudiante alto y flaco y de movimientos desmañados, había aparecido hacía unos meses  a leer como tantos, más con sus propios apuntes que con materiales nuestros, aunque a veces pedía algún libro o alguna revista.  La primera vez lo recibieron los de la mañana y no me hicieron ningún comentario. Pero esa misma noche, al terminar la jornada,  empezó la disputa,  aunque esa primera vez no le di tal nombre porque iba a necesitar una segunda vez para corroborarlo. Ya habían comenzado los movimientos del cierre,  conocidos por todos cuando se acercaba la hora de irnos: los lectores ordenaban sus papeles, devolvían lo que hubieran pedido,  me preguntaban algo para el día siguiente, se levantaban, saludaban al salir.  Todos estábamos en la instancia del cierre menos él que parecía abstraído en su lectura.  Al pasar al lado una chica le chocó un hombro con su mochila, se disculpó,  pero él no registró nada, ni la mochila ni la disculpa, y siguió leyendo. Me llamó la atención. Cuando ya se  habían ido todos y el movimiento de la salida había cesado, y solo faltaba que se fuera él, me quedé esperando que levantara la vista y  tomara nota  que nos íbamos; esperé un par de minutos, esperé  otro par de minutos, y otro más; no se movía de su lugar y desde mi mostrador veía que seguía pasando hojas  muy concentrado. Pensé que estaba demasiado concentrado, así que dije en voz bien alta:
Ya cerramos.
Para mi sorpresa no levantó enseguida la vista, como si el sonido hubiera tardado varios segundos en llegar a sus oídos.  Cuando al fin oyó, o concedió oír, me miró con atención como si me evaluara, como si estuviera calculando mi habilitación para decirle que tenía que irse. Y recién después de un tiempo que pareció muy largo empezó a cerrar morosamente su netbook, a guardar sus apuntes y a recoger sus lapiceras. Se puso de pie con  toda calma, como si no fuera tarde,  dejó la silla corrida y se encaminó  a la puerta  mirándome a los ojos y  sin una palabra. Me cayó mal.
La segunda vez que pasó algo parecido  intuí que hacía  una constante práctica de  desafío. Imaginé que sería así en todos los aspectos de su vida.  Me cayó peor, y me preparé a resistirlo.  Para desagracia sus horarios coincidían siempre con los míos, así que yo lo tenía en el cierre las dos o tres veces por semana  que iba a estudiar. 
Nunca se iba hasta  último minuto y hasta que le dijéramos que tenía que irse, ¿por qué no hacía como todos los demás que ya conocían los horarios de la biblioteca y en cuanto empezábamos a guardar libros y apagar computadoras recogían sus apuntes y sus cuadernos,  guardaban todo,  saludaban y se iban? Pero no, él no, dejaba claro que no estaba dispuesto a facilitar nada. Así que si yo  había visto que estaba en la sala,  quince o veinte minutos antes del cierre empezaba a hacer ruidos: llevaba libros de acá para allá y pasaba a su lado, arrastraba las escaleras, cerraba puertas con un golpe, apagaba luces; pero igual no se le movía un pelo y seguía inclinado sobre lo que estuviera leyendo como si no oyera ni viera nada alrededor. Al final, sin que se hubiera dignado levantar la vista de lo que leyera, tenía que pararme frente a él y avisarle personalmente:
Ya cerramos.
Se le veía la voluntad de no hacer caso, de querer desobedecer el horario y desautorizarme. Sin decir una palabra de reconocimiento, en silencio y con toda parsimonia,  empezaba a guardar en la mochila uno por uno sus numerosos objetos no sin contestar algunos mensajes en el celular al mismo tiempo. Al fin salía caminando como quien  sale  de paseo por  el campo, mirando el cielo y  respirando hondo. Una tarde en que él persistía en su representación, acentuada esa vez porque tenía puestos los auriculares,  y yo estaba apurado por irme, tuve que acercarme y  otra vez decirle:
­            Estamos cerrando.
Y él me contestó en el acto, casi sin que yo terminara de hablar:
Faltan cinco minutos.
Era cierto. ¡Qué indignación! Y me lo dijo  con una  expresión contenida de dominio, con los ojos centelleantes de  sorna  y  sin quitarse los auriculares.
También me molestaba  su manera  desenfadada de acomodarse en la silla. Cuando hacía calor  llegaba resoplando, se agitaba la camisa o la remera, se sentaba desplomándose y a continuación se quitaba las zapatillas. Se quedaba descalzo, tan pancho, y a veces también se arremangaba los pantalones,  lo que  sin dudas le daba  aspecto de pescador.  Luego, con esa propiedad que tenía para avanzar sobre los demás, desplegaba su batería de objetos sobre la mesa que parecía que le quedaba chica, y eso que a las mesas se pueden sentar dos o tres personas con comodidad. Sacaba de su honda mochila apuntes anillados, hojas sueltas,  un par de libros, la net, dos o tres cuadernos, una cartuchera repleta de resaltadores de colores, se colgaba los auriculares del cuello, chequeaba el celular, abría los codos y ocupaba el espacio de izquierda a derecha. Yo deseaba con toda el alma que alguna vez se ocuparan todas las mesas para exigirle  que se estrechara un poco y dejara lugar a otro, pero eso no sucedió.  En otras ocasiones llegaba y ocupaba la  mesa sin dejar resquicio, apilaba  libros y apuntes y  sin más se ponía a dormir con la cabeza apoyada sobre la pila. A su alrededor, los demás usuarios lo miraban con una sonrisa  y se codeaban, señalándolo. A él solo le faltaba roncar.
Lo que sí logré fue que no comiera en la sala. Un día lo vi  extraer un táper de su mochila abismal, abrirlo y sacar un enorme sándwich de milanesa. Ahí mismo lo frené. Tuvo que aceptar salir de la biblioteca pero salió de lo más campante con el sándwich en la mano y pasada la puerta se paró a comer a diez centímetros del  otro lado. Como esa puerta tenía la parte superior de vidrio yo lo veía  devorar su sándwich mientras agitaba la cabeza escuchando música. Desde entonces todas las veces que comía repetía el modo: sacaba un táper de su mochila, lo abría con alevosía en la sala y se iba a comer ahí nomás traspasada la puerta de entrada a la biblioteca, con la misma actitud del que se para desdeñosamente en la vereda marcando que es pública y que ahí ya no alcanza el poder de interdicción  de ningún particular; y además, dejaba todo desparramado sobre su mesa, incluyendo la net, el teléfono, los auriculares,  o lo que fuera.  Le dije más de una vez que guardara sus pertenencias,  porque nosotros no las cuidaríamos,   y él me contestó distraído:
Está bien.  No hay problema.
Y se desentendía, sin más. Me daba rabia,  pero no había manera de hacer que guardara o se llevara sus cosas;  en un momento cualquiera ya estaba afuera, comiendo sus milanesas al otro lado de la puerta, y habiendo dejado todo sobre la mesa.
En esta guerra sorda estábamos él y yo hasta esta tarde en que, para no variar, tenía todo desplegado sobre la mesa  de la manera invasiva que lo hacía, estaba descalzo, había  comido al otro lado de la puerta, y demás transgresiones mínimas pero compactas que no dejaba de hacer. Estaba solo en la sala,  los otros lectores se habían retirado más temprano.  Se acercaba la hora de irnos y como de costumbre se venía la pulseada del cierre. Lo espié desde atrás de  unos estantes: se había dormido de una  manera guasa, con las piernas flojas y los pies  bien  abiertos, la cabeza hacia la izquierda  apoyada  en los brazos cruzados sobre la mesa y un  lápiz entre los dedos. Parecía en el  mejor de los sueños. Yo repetía con irritación mis tácticas: correr la escalera, arrastrar un mueble, apagar luces, tan inútilmente como siempre.  Y entonces me pongo a esperar que se haga la hora de cerrar, justo la hora de cerrar para que no pudiera decirme “faltan cinco minutos”,  después me paro en la sala y anuncio:
            –Nos vamos.
Y él no se mueve, hace como que no  registra los movimientos,  practica su modus operandi de provocación. Carraspeo y vuelvo a anunciar, con un tono más alto:
Estamos cerrando.
Nada.  Estaría  ya despierto y haciéndose el dormido para obligarme otra vez a tomarme el trabajo de responder a sus desafíos.
            –Eh – me acerco a él – eh…nos vamos.
No se mueve.  Este tipo está de nuevo tomándome el pelo, pienso, y entonces me enojo y grito:
– ¡Ya cerramos!
Nada. Ya estoy a un metro de su mesa y está dormidísimo. Veo el apunte que estaba leyendo, lo ha estado marcando con  resaltadores  de color; me inclino con un interés obsceno y leo un párrafo resaltado con  verde que  dice: “el control disciplinario no consiste simplemente en enseñar o en imponer una serie de gestos definidos… impone la mejor relación entre un gesto y la actitud global del cuerpo, que es su condición de eficacia y rapidez…el poder disciplinario fabrica individuos, encauza sus conductas…”. Ajá. Tiene en la mano un lápiz. La pantalla de su  net  abierta parpadea. Me distraigo por un momento observando sus cosas pero de pronto escucho que le entra un mensaje al celular, que le suena en algún bolsillo, y vuelvo a la situación.
            – ¡Ya nos vamos! – trueno a veinte centímetros de  él.
No me oye.  Lo observo: está en el mejor de los mundos.  Nunca lo he tocado, por supuesto, pero tendré que zamarrearlo para que se despierte. Apoyo con  disgusto mi mano sobre un brazo, y me parece que entonces pestañea. ¿Pestañea?  Lo zamarreo del brazo.
– ¡Eh!– le grito casi en la oreja – ¡Nos vamos!
No contesta nada, pero se le cae el lápiz que sostenía entre los dedos. Cuando el lápiz se cae hace un ruidito saltarín y rueda casi hasta el borde de la mesa. Me llama la atención que él no haga ese movimiento casi reflejo que hacemos todos tratando de detener algo que rueda sobre una mesa para que no se caiga. En ese mismo momento,  con  la mano apoyada sobre uno de sus brazos,  me doy cuenta que tiene frío. Miro estúpidamente el aire acondicionado que está detrás  pero hoy no ha hecho calor y no lo tuvimos prendido. Mientras observo todo esto mi mano sigue apoyada sobre su brazo, y sin que lo piense se pone a sacudirlo.
 – ¡Ya cerramos! ¡Eh! ¡Despertate!
Lo sacudo con fuerza pero no contesta y no se mueve. Me desconcierto. Le miro la nuca en la que tiene una estrella tatuada que no le  había visto.  De pronto me encuentro sacudiéndolo más fuerte.
  – ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh!
Pero no contesta y no se mueve.  Lo dejo de zamarrear y no se mueve en absoluto. Las sacudidas que le di han hecho que su cabeza se desplace un poco, corrida del apoyo sobre los brazos, pero él no ha hecho ningún movimiento más. Los dedos que sostenían el lápiz siguen en la misma posición semi abierta de cuando el lápiz se cayó. Me asombra su quietud, nunca he visto esta inmovilidad total.  Cuando pienso que nunca he visto esta inmovilidad  percibo que mi mano, la que sigue apoyada sobre el brazo, está sintiendo un frío que no es del aire acondicionado. Entonces la mano me quema y la retiro, espantado. Doy un salto atrás. Siento que los ojos se me agrandan en las órbitas, se me aflojan las rodillas y me mareo. Doy unos pasos alejándome, mareado, con la vista nublada, pero vigilante aún por si el chico  levanta la cabeza y me mira con una sonrisita torcida.  Al instante siento el corazón  latiéndome como un tambor. No se mueve, no se mueve, y está frío, está frío… ¿cuánto hace que dormía o parecía que dormía? A esta hora somos los únicos que quedamos en el  edificio, busco el teléfono, llamo a la seguridad. No sé cómo hablo, o grito o balbuceo, hasta que entiendo que me dicen que  me calme,  que no me entienden.  Entonces puedo articular y al fin comprenden lo que digo  y  escucho que ya vienen.
Salgo al pasillo de miedo a mirarlo ahí en la sala,  como dormido, y de que  levante esa cabeza inmóvil  y  me mire con su mirada desafiante, mientras espero que lleguen los de seguridad y ya adivino a todos los que seguirán después de ellos: la ambulancia y la policía, los parientes, los compañeros de trabajo, la jefa, el director,  la prensa, las averiguaciones, las preguntas,  y pienso en el trabajo que este chico me ha dejado. Y de pronto me siento muy tonto y me brota la  indignación: yo estaba llamándolo y despertándolo de todas las maneras y él  de nuevo se dio el gusto de desoír olímpicamente mi aviso de cierre de hoy. ¡Cómo se habrá divertido!





Isabel Garin






domingo

Metodología para el envejecimiento de papeles y otras demandas


Esta metodología de envejecimiento tiene aplicación  sobre papeles tales como memos,  notas, avisos comerciales, catálogos, presupuestos, ofertas,  ofrecimientos no solicitados de cualquier tipo,  y otros de índole parecida en formatos impresos, que por algún perverso mecanismo inducen a pensar que puede ser útil conservarlos para alguna hipotética situación futura y que por eso no son arrojados a la basura de inmediato, tal como nace de  un impulso natural que se reprime:

1) Se toma el papel del que se trate y junto con su molesta interpelación se lo guarda en un   cajón o carpeta. En este primer paso es imprescindible que bajo ningún concepto quede a la vista.

2) Luego vuelve uno a sus actividades cotidianas, y personas  y situaciones habituales, y se deja pasar un tiempo más o menos largo, según los ímpetus de limpieza de cada cual.

3) Cuando el tiempo haya transcurrido un día se ejercita la limpieza y cuando se abre el cajón o carpeta se encuentra el papel en cuestión ya envejecido. La nota o memo, el aviso, presupuesto, catálogo, oferta, etc.,  ha perdido  su poder interpelativo y demandante, y  las fechas antes imperativas se han vuelto liberadoramente caducas. 

4) Entonces se lo tira.  Se lo puede tirar con dos sistemas:
a) Hacer un bollo y arrojarlo contra la pared o embocarlo a un cesto.
b) Sostenerlo con una mano y con la otra rasgarlo de arriba abajo; tomar estas dos mitades y volverlas a rasgar de arriba abajo, y proseguir con esta técnica hasta que quede reducido a pequeñas fracciones  irreconocibles.  

NOTA: aunque es más difícil guardarlas en carpetas o cajones esta metodología de envejecimiento también puede emplearse para situaciones y personas. 



jueves

Linchamientos - Ningún hombre es una isla

El cuerpo destrozado de un pibe (tal vez) chorro yace en la calle. Lo han golpeado entre muchos hasta matarlo y ahora yace ensangrentando, ya muerto, un horror obsceno y acusador a la vista  de todos. Los medios repiten su nombre de nadie conocido más que de  algunos allá en su barrio, y que de cualquier modo nadie recordará. Así, sin  que su nombre sea recordado, ha terminado su vida breve y brutal.
Se desatan ahora  vendavales de discusiones y debates que buscan, dicen, entender esta violencia horrenda.  Los debates están cruzados de intereses políticos que se entretejen también obscenamente  en los escenarios mediáticos.  Los que llevan la delantera son los que  justifican esa violencia y ofrecen soluciones policiales  para el expandido “problema de seguridad”, como si fuera posible plantar un policía en cada esquina del país. Juran que más vigilancia terminará con el problema, exigen presupuestos y jurisdicciones policiales,  y comparan con ciudades y circunstancias de las que nada sabemos. Mienten impúdicamente. Para estos facilitadores policiales el problema tiene su raíz en la falta de moral. De moral individual de cada chorro porque, para ellos, cada persona es  una isla. Solo su voluntad aislada, su vida sola, le habrá dado todo el  fundamento sobre la que la ha construido, todos los actos de su existencia son de su exclusiva responsabilidad y no reconocen ningún lazo que  ancle  la isla  al  océano social.
Hay  otros que piensan y dicen  que cada vida es parte de un continente  pero ahora se encuentran en apuros para justificar porqué esas partes se han soltado y navegan a la peor deriva después de tanto tiempo de tantas promesas de protección e  inclusión.  Y ni unos ni otros quieren empezar por  hacer y  reconocer un verdadero diagnóstico: ¿de dónde surgen estas ganas de matar así, como a un chancho, a un hombre  ya reducido y sujetado? ¿dónde se genera esa  violencia de puños y patadas que se descarga con tanta furia? ¿de dónde (no de cuáles barrios, sino de cuáles vidas) vienen esos pibes chorros que aparecen como si fueran  cazadores, cazan  y se  ocultan después en sus selvas, alejadísimos de las vidas de los que claman contra la inseguridad en las pantallas? ¿por qué también muchos de ellos matan  con  facilidad?
Son difíciles y trabajosas las respuestas. Habría que poner mucho empeño y mucha honestidad para contestarlas, pelearse con muchas figuras y mucha gente común de esas que arden de odio,  desarrollar soluciones no inútilmente policiales, combatir la desigualdad social y económica  donde, creo yo, navegan sin curso las vidas breves y brutales, volcar recursos suficientes, atención y trabajo sobre esas existencias antes de que deriven y sobre todo, tener tiempo.  Tener ese tiempo que urge cuando alguien es asesinado, que es imperativo cuando el vecino-potencial asesino reclama, y que es la principal arma de los que vociferan la solución  policial.

  
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
La muerte de cualquiera me afecta 
porque me encuentro unido a toda la humanidad; 
por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas, 
están doblando por ti. 
(John Donn)


Isabel Garin

sábado

De vos, de tú o de usted
Cómo tratar a Pablo Escobar y a Aureliano Buendía



Muerte de Pablo Escobar por Fernando Botero



La telenovela  "Pablo Escobar, el patrón del mal" emitida recientemente en Argentina, ha despertado sorpresa, curiosidad, ríos de tinta, entrevistas, fotos, recuerdos, y debates y análisis políticos,  sociológicos  y morales acerca de su accionar criminal en la Colombia de los ’80 y ’90 tanto como de los apoyos que recibía, y también  acerca del atractivo que sigue ejerciendo ahora mismo.

Pero hay algo más, otra cosa  que tal vez  habrá  sido vista con poca atención: la forma de hablar  en la serie (por suerte no neutralizada) y de utilizar los pronombres  personales. Tal vez no fuera novedad para los seguidores de telenovelas colombianas, de esas en las que todos los personajes tienen dos nombres, pero lo fue para mí.  Aparte  del extraño fraseo de Pablo, el patrón habla  con su familia y sus secuaces de vos o de usted, al igual que  todos quienes aparecen en el numeroso reparto.
La primera vez que los escuché vosearse como si fueran argentinos sufrí un golpe nacionalista en el corazón de mi habla: ¿no era (pensé) que solo en Argentina se utiliza el vos de manera tan extendida y nítida?  Ahí estaban Pablo y el Peluche, y Chili, y el Topo  y Marino, todos utilizando el vos  para la segunda persona  y conjugando los verbos tal como en Argentina: vos podés, alcanzame, correte vos, andate. Cuando no se hablan de vos, se hablan de circunspecto usted. Circunspecto para nosotros, que usamos el usted para marcar respeto o distancia,  al contrario del uso en Colombia  que puede aplicarlo a los vínculos más cercanos: Pablo y su mujer, Patricia, se hablan de usted, igual que  Pablo con su madre o con sus hijos. El uso del vos y del usted puede alternar indistintamente en estas relaciones.
Pero lo que brillaba por su ausencia ante mis deslumbrados ojos, o mejor dicho oídos, era la ausencia absoluta del tú.   Y ante esa ausencia tan sonora que quebraba mi creencia firmemente establecida de que en Colombia se usa el tú,  apelé a mi memoria de colombianos, a los colombianos  que conozco o conocí, tratando de recordar el uso que hacen de la segunda persona del singular. ¿Y a cuáles colombianos conozco? A quiénes va a ser  sino a los Buendía. Sí, a los mismos Buendía que conoce usted o  conocés vos.  Corro entonces a Macondo para hablar con ellos  y  converso con  Úrsula, con José Arcadio, con Amaranta, con Aureliano, y todos me hablan de tú o de usted.  Hay  muchos usted (incluyendo los usted  familiares) y muchos  tú  en los pocos diálogos de su historia, por ejemplo el que escuché entre el coronel Aureliano Buendía y el coronel Gerineldo Márquez:

-Dime una cosa, compadre: ¿por qué estás peleando?
-Porqué ha de ser, compadre – contestó el coronel Gerineldo Márquez – por el gran  partido liberal.
-Dichoso tú que lo sabes – contestó él -. Yo, por mi parte, apenas ahora me doy cuenta  que estoy peleando por orgullo.

En cambio, no hay un  solo vos.  Ni uno solo a lo largo de los cien años.  Esta  comprobación me daña  la credibilidad  literaria: entonces ¿en qué lugar de Colombia se habla de tú, o peor, el tú será solo literario? ¿y con cuál  segunda persona  del singular canta Shakira o canta  Carlos Vives, que no me acuerdo? ¿se usarán todas las variantes: vos, tú y usted? ¿el vos será muy reciente, tanto que aún no se lo usaba en Macondo? No puede ser, Pablo Escobar ya haría rato que  voseaba cuando  en 1967 apareció el linaje que temía nacer con cola de chancho. 
Vuelvo a Medellín, desconcertada. En Medellín, nadie habla de tú. En Macondo, nadie lo hace de vos. La comprobación me acicatea la curiosidad así que voy derecho a  investigar esta variedad  colombiana:
http://www.academia.edu/5765144/_El_voseo_en_el_espanol_colombiano_evolucion_historica_y_situacion_actual_ y te dejo o les dejo a vos y a ustedes la inquietud de tratar correctamente al patrón y al coronel.





lunes

Golpe adentro - Generaciones del ' 76

Entonces, en 1976,  yo era muy joven y vivía en un pueblo, Veinticinco de Mayo, al que el conflicto social llegaba amortiguado. Aún así el golpe se presentó violento en las calles del pueblo, con armas y retenes en la plaza principal, la comisaría como cuartel, las entradas y salidas cerradas por soldados, y rastrillajes y allanamientos. Se respiraba el aire de la amenaza, latía el peligro,  y de pronto yo  tenía  libros acusatorios en casa y una actividad estudiantil y política que era mejor ocultar, aunque la verdad es que era muy menor  y obligadamente breve, dada mi edad.  Pero un poco más tarde los servicios fueron a casa de mi familia (yo ya me había ido), revisaron la correspondencia de mi madre y le hicieron insistentes preguntas sobre mis hermanos y sobre mí.  Luego iríamos  sabiendo de  compañeros detenidos y ausentes de toda ausencia (todavía sin el nombre “desaparecidos”), de otros que se exiliaban y de otros escondidos o  mudados a lugares alejados de donde habían vivido.  Después conoceríamos la magnitud de lo ocurrido. 

“A mí no me agarraron”, me he repetido como mantra todos estos años. Y “a mí no me pasó nada”, también me he repetido  contra toda evidencia. La evidencia íntima de quien  ha experimentado la amenaza de la tortura y la  muerte atroz como una posibilidad cierta,   de quien quemó  o enterró libros,  de quien supo de detenciones oscuras  y recuerda aquel  silencio   atronador sobre lo que ocurría.  ¿Es que hay alguien  a quien entonces no le haya pasado algo?
A mí no me agarraron pero igual  la vivencia de la dictadura se me quedó adentro.  Muchas veces me he preguntado  si  quienes no vivieron bajo ella, tal vez  muchos de los que hoy preguntan porqué es feriado el 24 de marzo, imaginan cómo es tener interiorizada la amenaza, el miedo constante, la prevención de hablar ante desconocidos,  el cálculo permanente sobre si lo que se está diciendo es, o podría ser, interpretado con el grave adjetivo de “subversivo”.  Y siento alegría por todos los que no han conocido  esta interiorización y deseo que siempre sea así y en  todo caso, si lo saben,  que solo lo sepan contado por la historia.
Y acá estamos, entonces, las generaciones  del `76 padeciendo de Golpe para toda la vida. Honrados y también condenados a nombrar a los desaparecidos para siempre.  Condenados a padecer el `76  con esta memoria de tenazas ardientes sobre la carne, la rabia de haber conocido el miedo y el deseo de no haber tenido esta historia.  
Por eso me miro en el espejo en este día  y  me  reconozco, golpe adentro, como los demás. 






















viernes

El Señor de los Pájaros

Sentado en un banco de Puerto Madero reina el Señor de los Pájaros. Guarda todas sus propiedades en una mochila vieja y desgastada  y lleva puesta  la mayoría de las prendas con que viste o desviste según haga más o menos calor o frío. Conoce a todos los pájaros del cielo  y  no solo los reconoce porque sean palomas, horneros,  benteveos, gorriones o cotorras sino también por sus personalidades.  Los hay desconfiados o confianzudos, prepotentes, simpáticos, ingenuos, atolondrados, amistosos y así, tales como los hombres, toda clase de aves.

A la tarde temprano, cuando los restoranes  terminan de servir el almuerzo y limpian las cocinas, el Señor sale de recorrida ordenada y metódica y pide las sobras en un restorán, en el otro, en el siguiente y en el de más allá. Vuelve con la comida para todos: la propia y la de  sus amados vasallos sobre los que reina magnánimo, miguita a miguita, cáscara por cáscara,  pedacito a pedacito, en el medio de una rueda de pájaros gorjeantes y saltarines que aceptan tomarla de sus manos.  Y el Señor de los Pájaros come entre ellos con la plenitud de las aves del cielo que no siembran ni siegan pero que igual hallan su alimento. 
Al menos, las del cielo de Puerto Madero. 


El Señor de los Pájaros
Graciela Iturbide, 1984

domingo

Enero en algún planeta


Tarde de domingo de enero. El calor no es de este mundo. La ciudad inmóvil, las calles desiertas, la gente desaparecida. ¿En cuál planeta estaremos? Seguro que en alguno muy cerca del sol. En uno donde el sol ablanda el asfalto y caldea las paredes y el aire caliente y sucio que respiramos, y que tiene domingos como los de enero en la Tierra,  vacíos, calurosos, interminables.
En la parada de colectivos un humano espera. La nave que vendrá a buscarlo lo llevará por la ciudad de sol fundido hasta los habitáculos donde viven los moradores más pobres de este sistema planetario, allá donde el sol es más impiadoso todavía y se derrite sobre los techos de chapas.  En otros anillos los habitantes tienen aparatos que enfrían el aire,  pero para gozarlos es necesario disponer de energía, algo que no siempre sucede, y quedarse encerrado.

Cerca del sol todo quema.  Minuto a minuto se licúa la tarde ardiente de enero sobre la vida.


Isabel Garin




martes

In memorian - Juan Gelman



JUAN GELMAN (1930-2014).  Militante, guerrillero, poeta, periodista. Todas las pasó, todas las hizo, todas las vivió, todas las escribió. 




El juego en que andamos


Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.

Si me dieran a elegir, yo elegiría

esta inocencia de no ser un inocente, 
esta pureza en que ando por impuro.

Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados. 

Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte. 












Límites

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí la sed,
hasta aquí el agua?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el aire,
hasta aquí el fuego?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el amor,
hasta aquí el odio?

¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el hombre,
hasta aquí no?

Sólo la esperanza tiene las rodillas nítidas.
Sangran.