sábado

Putas de literatura: qué ves cuando las ves

Isabel Garin (para ContrahegemoniaWeb)
La literatura ha incorporado a la prostitución desde siempre. Aún antes de ser literatura las prostitutas ya estaban presentes en los mitos, las leyendas y las religiones, como la María Magdalena en el cristianismo, entre muchas otras. ¿Cómo se escribe de las prostitutas, cómo las presentan los autores, con qué sensibilidades aparecen ellas y sus clientes, si estos aparecen, en las historias de distintas épocas? Y los lectores ¿cómo leemos esas historias, con qué sensibilidades las interpretamos? En algunas de las novelas y cuentos que se comentan más abajo se ha reflejado el imaginario social y literario acerca de ellas y sus clientes, dejándonos unas preguntas para autores y lectores.
De sacrificios y abnegaciones
Margarita Gautier agoniza, sola. La tuberculosis la arrasa. Su amor, Armando Duval, que va y viene en una relación atormentada con ella, sabrá más tarde, ya fallecida, de su sacrificio por él y su familia. Margarita es una refinada prostituta de los hombres de clases altas en el París de mediados del S. XIX, según la novela La dama de las camelias (1848), de Alejandro Dumas (h). El joven Armando pasa de ser cliente y esperar su turno a ser su enamorado, pero en una relación siempre tortuosa porque le demanda a ella una exclusividad imposible, envuelto en celos y disputas, y a ocultas o contrariando a su padre.
En las antípodas de los exclusivos ambientes de la vida de Margarita, Sonia, en cambio, no puede partir de un ambiente más pobre y miserable. Sonia Semiónovna Marmeládova, personaje de Crimen y Castigo (1866), de Fedor Dostowieski, es la hija de un padre alcohólico que no puede mantener a su familia y hermana mayor de niños que no tienen alimento ni abrigo. El ambiente que la rodea en su casa clama a los gritos que se inicie en la prostitución porque ella es la única que podría llevar así algún alivio a la familia. Cuando cede a ese mudo reclamo y por primera vez lleva algunas monedas con las que comer, su madrastra la abraza agradecida y conmovida, y su padre se atormenta de culpa y de vergüenza pero sin dejar por eso de emborracharse, ya irrecuperable.
Las dos son ejemplos de las prostitutas generosas y abnegadas, mujeres que en contraposición a la condena social que sufren son capaces de entrega personal por los demás. Así sucede también con Bola de Sebo (1880), un cuento de Guy de Maupassant, que se ambienta en la Francia ocupada por Prusia durante la guerra de 1870. La prostituta Bola de Sebo comparte viaje con ricos matrimonios burgueses que huyen de la zona ocupada, siendo ella la que a pesar de la patente reprobación con que la tratan no duda en compartir los alimentos que ha llevado. Al llegar a una posada un oficial prusiano les impide seguir viaje a menos que Bola de Sebo pase la noche con él. Bola de Sebo se niega a entregarse a un enemigo y ocupante de su país, y es entonces cuando las señoras ricas que no le hablaban empiezan a rogarle con insistencia que ceda porque ¿qué le haría una mancha más al tigre? Y los señores acompañan persuasivamente el argumento, todos dejando de lado las razones de moral política que ella esgrime y argumentando que si accede al requerimiento del prusiano le dispensará un bien a todos. Al día siguiente, cuando pueden reanudar la marcha después de que ella se violentara a sí misma por los demás, los hipócritas compañeros de viaje vuelven a despreciarla, sin siquiera mirarla y sin compartir con ella la comida que han llevado.


En las selvas y ciudades
En la literatura latinoamericana suele haber prostitutas nacidas y criadas en las selvas del realismo mágico. Unas criaturas salidas de la miseria y los abusos pero vitales y resueltas, que han tomado un destino de prostitución enteramente a su cargo y deciden sacarle todo el provecho posible en la mejor vida posible. Así lo toma la muy improbable Sayonara, protagonista de La novia oscura (1999), de Laura Restrepo. Todavía siendo una niña flaca y esmirriada ha llegado por el río a Tora, sin compañía, sin nombre, sin historia, aunque es posible deducirla. Tora es un pueblo colombiano desarrollado por las explotaciones de la Tropical Oil Company, y ahí sí, con los trabajadores petroleros, encontrará el trabajo y el poder que ha imaginado. La más tarde bautizada como Sayonara es tan niña al llegar que todavía ni siquiera tiene la regla cuando se planta frente a quien sea en busca de trabajo de puta. Tan decidida, tan niña y tan sola, la prostituta retirada Todos los Santos la toma a su cargo, para entrenarla y para esperar a que le crezca un poco el cuerpo. Cuando ha llegado el momento, y en reunión con las demás compañeras de trabajo, se decide que se inicie con el señor Manrique, viejo putero y amigo de todas, porque la tratará con cuidado. El recurso narrativo para no ver cómo un viejo desflora a una niña es no habilitar esa parte: simplemente, a la mañana siguiente de esa violación consentida, Todos los Santos encuentra al señor Manrique durmiendo tranquilamente y a la ya iniciada Sayonara en los fondos de la casa dándole de comer a los chanchos, con toda placidez, y sin ninguna consecuencia amarga.
Hay otras historias también crecidas en aquellas selvas, como la de Memorias de mis putas tristes (2004), de Gabriel García Márquez. En ella, el protagonista, un periodista que nunca se ha acostado con una mujer sin pagarle, quiere celebrar sus 90 años con una virgen de 14. Una madama se la consigue y se la entrega dormida, porque la ha sedado. Esta transacción derivará en el amor platónico que el viejo irá descubriendo por la pura contemplación de la adolescente Delgadina, mientras al mismo tiempo revisa su larga vida. La ausencia de relaciones sexuales y la maravillada admiración por parte del cliente justifica de cierta manera que el viejo periodista haya comprado una adolescente de familia pobre para hacer lo que quiera con ella.
Esta omnipresente disponibilidad de las mujeres (y de las niñas y adolescentes) puede ser mucho menos tierna que aquellas realidades mágicas. Los clientes pueden presentarse con la más natural cotidianeidad, sin más consideraciones que el consumo del cuerpo de las putas, como el que hace Adrián, el protagonista de la novela Lanús (2002), de Sergio Olguín. Adrián, un consumidor muy normal de prostitución, inquieto por varias cuestiones, está buscando cierta contención y sexo y como en ese momento no los tiene de otra forma simplemente llama a un lugar que ofrece “a domicilio, nenita joven, la mejor onda”. Vanesa, la chica delivery que le mandan, publicitada como “un bombón de ojos azules, noventa y cinco-sesenta-noventa, de veintidós años” cobra primero, hace su trabajo a conciencia (aquí el recurso narrativo no está oculto sino que es al detalle), se va, y después sí, él puede dormir tranquilo. Hay una conformidad en el relato, una naturalización que no discute nada ni tiene atisbo de plantearse ni una pregunta sobre ese consumo. Es el cliente que usa y tira, con una naturalidad descarnada. ¿Adrián aparecería de nuevo así, 17 años después, si lo escribieran de nuevo ahora o seguirá igual llamando a una nenita joven a su domicilio?
Y Andrada, el personaje de Oscura monótona sangre (2010), también de Sergio Olguín, encuentra en Daiana, una prostituta adolescente de la Villa 21, un escape a su vida de empresario exitoso y padre de familia muy formal. Andrada ha escuchado por casualidad a unos camioneros en un bar hablar de las casi niñas que se ofrecen sobre la avenida Amancio Alcorta, en Buenos Aires, y justamente por eso, por casi niñas, más codiciadas. Saben del hambre en la villa y de las carencias de todo tipo que las manda a la calle (son las hijas de las paraguayas, agregan), pero saberlo no les despierta ninguna solidaridad sino los más crudos comentarios acerca de qué se les puede hacer y por cuánta plata.
Potencia
Una característica repetida en otras novelas es la de la diversión, la de contar la prostitución en tono de jolgorio, con distanciamiento de lo que le ocurre a las mujeres. Así se lee en La ciudad de los prodigios (1986), de Eduardo Mendoza, una novela ambientada en Barcelona a fines del S.XIX y primeras décadas del XX. El protagonista Onofre Bouvila, un sórdido y manipulador personaje, cita a una reunión al marqués de Ut y a Efrén Castells, un tipo gigantón, en la casa de un hombre lisiado que prostituye a sus tres hijas. La menor, que está atendiendo a los dos invitados de forma alternada, se encuentra después así:
“La hija menor del lisiado lloraba en la cocina. En el curso de la noche había tenido que atender cuatro veces los requerimientos depravados del marqués y nueve veces las embestidas colosales de Efrén Castells. Esto le había provocado una ligera hemorragia y fuertes dolores; su hermana mayor había tenido que abandonar el piano y reemplazarla en la alcoba. Ahora ella ayudaba a la mediana en la cocción de panellets de los que el gigante había consumido catorce kilogramos a pesar de que los piñones le producían, según dijo, ataques agudos de priapismo”.
De esta manera jocosa se explica cómo debido a los kilos de esos dulces que Efrén Castells ha comido ha adquirido semejante potencia como para repetir tantas “embestidas” que ha lastimado a la hija menor. Y al contarlo así el autor pone el eje en la comicidad y diluye la cruel mención de que la chica está lastimada por los trece accesos carnales que ha aguantado. El cuerpo de la prostituta debe aguantar cualquier cosa que quieran los clientes y aún causar gracia admirativa por ello. Y mientras, además, les hacen escuchar música y los invitan con los confites recién hechos. ¿Mendoza volvería a escribir así esa escena, más de treinta años después?
Y Vanesa, la chica delivery que atiende a Adrián, tiene una contraseña con sus cafishos: si ellos la llaman y contesta que “todo está bien, bien”, significa que no la han violado. Así se lo explica a Adrián y aunque él mismo está lejos de actuar como violador no le resulta especialmente significativo ni le merece ningún comentario saber que Vanesa trabaja bajo la amenaza de asalto violento por parte de cualquiera que la haya llamado. Así es la vida, y la literatura también.
Las visitadoras militarizadas

Muy lejos de Lima, en las profundidades de la Amazonía peruana, están sucediendo hechos preocupantes en los destacamentos militares. Los soldados destacados en aquellas zonas lejanas y aisladas, faltos de mujeres durante mucho tiempo, salen a buscarlas en los alrededores de sus unidades, a tomarlas por asalto y a violarlas. Las denuncias por violaciones han llegado a los comandantes en Lima, que se proponen darle remedio a la situación.
Así comienza Pantaleón y las visitadoras (1973), de Mario Vargas Llosa. El hecho fundante de la novela es el del deseo sexual de los hombres que necesita ser satisfecho como sea, por las buenas si se puede y si no por las malas, pero satisfecho. La centralidad de este mito justifica a la prostitución como necesaria porque de lo contrario las comprensibles violaciones podrían ser masivas.
Justamente, los altos jefes militares le encargan al capitán Pantaleón Pantoja que dé satisfacción al mito. Y el eficiente capitán, enviado a Iquitos, al norte de Perú, organiza las unidades de visitadoras, prostitutas reclutadas para viajar por río a aquellos destacamentos en la selva para atender a los reclamantes soldados. Pantaleón es meticuloso, riguroso, formalísimo, y su forma de ser y el tema que debe tratar con sus superiores hace un divertido contraste que se refleja en los detallados informes que eleva, con encuestas, promedios, estadísticas, cálculos precisos de la “ambición marital” de los soldados y de cuántas mujeres y de cuántas “prestaciones” de cada una serían necesarias para satisfacer a las guarniciones:
“Que no pudo el suscrito establecer… cuál es el promedio diario de prestaciones que tabula o está en condiciones de tabular una meretriz…Que, al menos, el suscrito pudo dejar en claro mediante bromas y preguntas capciosas que las más agraciadas y eficientes pueden, en una buena noche de trabajo (sábado o víspera de fiesta) efectuar unas veinte prestaciones sin quedar excesivamente exhaustas, lo que autoriza la siguiente formulación: un convoy de diez visitadoras elegidas entre las de mayor rendimiento estaría en condiciones de realizar 4800 prestaciones simples y normales al mes (semana de seis días) trabajando full time y sin contratiempos”.
Ese tono desplegado en los numerosos informes, satírico por tratarse de serios intercambios burocráticos en el contexto del ejército, ha sido el que quedó siempre iluminado y el que se ganó la simpatía de los lectores al burlarse de las solemnidades castrenses e ironizar sobre las actividades que ocupan a los militares. Pero justamente la seriedad con que el capitán Pantoja emprende su misión, y la consecuente comicidad que eso despierta, deja en segundo lugar el consumo matemáticamente calculado del cuerpo de las mujeres, después de aceptar que tal consumo es necesario. Las visitadoras además están estrictamente controladas por el detallista y cumplidor Pantaleón, que las tiene militarizadas, bajo cumplimiento de horario y de cantidad de “prestaciones” obligatorias, adhesión a la causa de servir a la patria sirviendo al ejército como sus putas y hasta himno del Servicio, espontáneamente creado por las mismas visitadoras, que se canta con el ritmo de La raspa.
La novela Pantaleón y las visitadoras, de enorme éxito, tuvo dos versiones en cine, la primera en 1975 prohibida en el Perú del gobierno militar, y la segunda en 1999. Ha sido representada en teatro y tiene versiones en comedia musical, la última de este mismo año. Aggiornada a estos tiempos, que proclama a la prostitución como una industria de servicios igual que cualquier otra, las prostitutas se presentan como mujeres empoderadas, fuertes y electivas de su vida, que en este caso es el de “Servir, servir, servir, a los soldaditos… Servir al ejército de la Nación con muchísima dedicación” según el himno cantado, con ironía, en uno de los números. Como novedades ausentes en la obra original esta comedia musical incorpora a un varón visitador, y la muerte en medio de una balacera de la Brasileña, una de las visitadoras de la cual se ha enamorado Pantaleón, se vuelve ahora un feminicidio, muy políticamente correcto.
Pero el hecho fundacional del texto sigue igual. Vargas Llosa ha comentado en diversas entrevistas que la idea la tomó de hechos reales de los cuales tuvo conocimiento, y que la única manera de contarlos era con humor. Es que la literatura ha narrado la prostitución de diversas maneras y estilos, con distintos imaginarios e intenciones, desde la alegoría moral a la crítica social, y los lectores la hemos acompañado interpretándola con el mismo código del autor.
Pero hay dos hechos. Uno, inconmovible hasta ahora, sigue siendo el ejercicio de imposición sexual y de dominio de los hombres sobre las mujeres, que aunque deba más o menos ocultarse, como la discreta concurrencia a los viejos prostíbulos en las novelas, no deja de estar permitido y naturalizado, y así se narre.
El otro es el del feminismo que pretende desnaturalizar ese dominio en la vida. Sus cuestionamientos a la dominación patriarcal llegan también a la conciencia lectora de literatura: ¿Pantaleón sigue haciéndonos reír, después de los cálculos de las prestaciones obligatorias que les exige a sus visitadoras? ¿Adrián sigue siendo el buen tipo que es aunque más o menos seguido compre el acceso indiferente e indistinto al cuerpo de una mujer? ¿Sigue resultando gracioso que el Efrén Castells devorador de dulces que le dan superpotencia sexual la aplaque hasta lastimar y hacer llorar a una chica? ¿Se lee con la misma ternura triste de antes y sin objeción alguna que un hombre viejo encargue una jovencita como se encarga una pizza? Y sobre todo, ¿se las escribiría hoy mismo de esa manera?
Son preguntas que la literatura va o irá respondiendo inmersa en los tiempos en que se desarrolla. Pero es seguro que desde las Sonias, las Sayonaras y las Daianas a los condes y duques de Margarita, los camioneros, los trabajadores petroleros y los empresarios, las putas de literatura nos están invitando a escribirlas y a leerlas de otra manera, fuera de la aceptación acrítica de su existencia y con los ojos abiertos contra el patriarcado.


Arte: Óleo sobre tela. Museo Jorge Rando, Málaga, España

jueves

El Viejo y el queso. Suposiciones de una obra de teatro




I
Un jubilado, que vive solo en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, entra a un supermercado, da vueltas entre las góndolas y las heladeras y como otras veces que ha entrado, ya  sabe de antemano que saldrá habiendo sido solo un espectador. No puede comprar nada de lo que necesitaría, y peor, nada de lo que desearía. Desearía queso,  y también aceite, y que por una vez en la vida fuera aceite de oliva. Eso desearía. Saca los anteojos del estuche y lee el precio de la mínima botella de oliva extra virgen. El precio es una exorbitancia para él, tan exorbitante que en medio de cierta senilidad que ya tiene, no termina de captarlo.
El Viejo se va.

II
Un jubilado, que vive solo en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, entra a un supermercado, da vueltas entre las góndolas y las heladeras, y como otras veces que ha entrado ya sabe de antemano que saldrá habiendo sido solo un espectador en el  fabuloso teatro del Supermercado, la puesta grande de la exhibición, la escenografía de la venta, la compra, las luces de la oferta y la demanda y la apariencia de libre elección para todo público, aplausos, aplausos. Plin, caja. No puede comprar nada de lo que  necesitaría, y peor, nada de lo que desearía. Desearía queso. Hace siglos que no come queso. Nada sofisticado, nada más que  queso fresco con pan. Le faltan siete días para cobrar, no tiene un centavo, y en su casa lo que hay para comer es caldo, y papas. El viejo estira la mano en las heladeras, levanta pedazos de queso, observa el precio del más chico que hay, y el precio es una exorbitancia para él, tan exorbitante que en medio de cierta senilidad que ya tiene, no termina de captarlo.
El Viejo se va.

III
Un jubilado, que vive solo en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, entra a un supermercado y da vueltas entre las góndolas y las heladeras. El fabuloso teatro del Supermercado ha comenzado la función. Todos los actores están en sus papeles: cajeras, repositores, supervisores. Vigiladores. Y arriba, en las oficinas, los directores, los espíritus directrices, los que soplaron en la boca de los actores y del barro de la desocupación  les dieron la vida en el escenario de la obra de hoy. Aplausos, aplausos. El viejo no da más de ganas de comer queso. Harto de todo hartazgo de las papas hervidas y del caldo que sorbe después, a desgano.  Así que de los quesos, agarra un pedazo, ¡hay tantos! Se dirige a la salida y al pasar,  de los aceites agarra una botella, de entre los metros y metros de marcas y clases, una  botella nada más. Y sigue caminando a la salida.  Hoy comerá queso y a las papas las comerá fritas. Un actor grita: ¡Alto! Pero el viejo apura el paso. Otro, alertado a la salida, le cierra el paso. La obra se ha tensado, los más cercanos se detienen, las luces del teatro los iluminan. El actor que hace de Vigilador I, y otro cuyo papel es de Vigilador II, imbuidos del espíritu  que ha soplado en su boca, se abalanzan sobre él, le pegan, lo sacan a la vereda, lo patean. Ahí caído, el viejo suelta el pedazo de queso y la botella de aceite. Vigilador I y Vigilador II los toman, los entran, los muestran cual banderas recuperadas en feroz batalla:
Un pedazo de queso
Una botella de aceite.
El Viejo, afuera, en medio de cierta senilidad, agoniza.
Y en el acto siguiente se muere nomás, en el Teatro repleto de mercadería que no puede comprar.

Isabel Garin

martes

Otra mirada sobre Don Segundo Sombra

Por Mario Goloboff.
En el proceso de conocimiento y reconocimiento, que en todas las sociedades suele ser poco menos que constante, mucho tiene que ver la literatura y, en nuestro caso, esa parte que llamamos “la gauchesca”, porque así la fijó don Ricardo Rojas y lo continuaron después críticos e historiadores, o tal vez porque fuera un verdadero acierto poético y nominal: un cuerpo considerable y heterogéneo, cuyos componentes no son todos similares, y cuyos límites temporales son bastante imprecisos. Parece iniciarse con los primeros y patrióticos poemas de la Independencia, contener luego todo aquello que en la literatura argentina aludió al campo, a sus habitantes (para un concepto general, ciertamente lábil y algo tautológico, “los gauchos”), a sus costumbres y sus modos; engrandecerse, consagrarse, y hasta parodiarse y trascenderse con El gaucho Martín Fierro, y prolongarse bajo distintas formas por buen tiempo más. En lo que es conforme la doctrina es en el cierre del ciclo de la literatura de la pampa: casi todos coinciden en asignar ese papel a Don Segundo Sombra.
Admitiendo que, para algunos, ya no se trata aquí del género sino del “uso del género” (Josefina Ludmer) ¿de dónde le viene a esta novela el acuerdo en tal asignación? Sin duda que, en primer lugar, y sorteando razones históricas y sociales, que mucho importan, de las virtudes del texto mismo; de que este sea, ya, en 1926, una mirada melancólica hacia el pasado y, sobre todo, de que esté escrito en un lenguaje, en una lengua poética (“ha hecho un idioma propio”: Valéry Larbaud), que corresponderá a su porvenir.
No podía llegar a otra cosa con su gran talento literario Ricardo Güiraldes, desde el lugar donde la vida, el estamento social y familiar, y la evolución de las letras europeas y nacionales, seguidas por él con tanta atención, lo habían ubicado, que a crear el canto del cisne de la vieja estancia en desaparición, “una elegía emocionada al gaucho sobreviviente” (Noé Jitrik). Y hacerlo con las armas que su extensa formación literaria y lingüística, sus contactos con los movimientos de la vanguardia europea, y la metáfora ultraísta, a la que había precedido con El cencerro de cristal, en 1915, le estaban ofreciendo.
Para cierta tendencia crítico sociológica, Don Segundo Sombra fue el epítome de la novela reaccionaria, en su sometimiento a las leyes eternas del patrón, en su tendencia a la consolidación de jerarquías sociales; para otros, una endecha acentuadamente metafísica a la tierra y a la nación profunda, muy lejos de todo lo urbano, y en particular a las virtudes del gaucho, su poblador cabal y entero aunque un tanto literario; para no pocos, la consagración del espíritu de libertad, solo obtenida por ese retorno dorado de “la pastoral bárbara” (Beatriz Sarlo) al señorío sin feudo, a la naturaleza y a la pampa. 
Jorge Luis Borges no fue precisamente un cultor de la literatura gauchesca, y siempre se las ingenió para desprenderse de ella, ya condenándola por folklórica y pintoresca, ya considerando irónicamente a sus autores, aún a los menos discutibles. Todo esto, encubierto por expresas admiraciones al género y por una distribución de virtudes que invariablemente se acompañan con subestimaciones y minimizaciones. No fue menos exigente (antes bien, al contrario) con textos canónicos del siglo XX. Don Segundo Sombra, a pesar del afecto que siempre sintió por Güiraldes, le inspiró líneas mordaces y de un humor corrosivo: “Don Segundo Sombra –escribe en un trabajo sobre Hudson– pese a la veracidad de los diálogos, está maleada por el afán de magnificar las tareas más inocentes. Nadie ignora que su narrador es un gaucho; de ahí lo doblemente injustificado de su gigantismo teatral, que hace de un arreo de novillos una función de guerra. Güiraldes ahueca la voz para referir los trabajos cotidianos del campo”. 
La nota está fechada en 1941. Pocos años después, en 1952, en la revista Sur, escribió: “Quizás a través de Kim, la estructura de Don Segundo es la de Huckleberry Finn de Mark Twain. Es fama que este libro genial (escrito en primera persona) abunda en incómodos altibajos; el inmediato sabor de la felicidad alterna en sus páginas con bromas chabacanas y débiles; tanto las cumbres como las caídas superan las posibilidades del arte consciente de Güiraldes”. Y, menos hiriente aunque no menos lapidario, hace aparecer al texto de Guiraldes en el paraje pampeano del cuento “El Evangelio según Marcos”, donde el protagonista “para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro”.
Puede pensarse que a Don Segundo… le ocurre lo mismo que a otro libro famoso, El Martín Fierro: primero, se identificaron con él las gentes del pueblo, escuchas anónimos, lectores secretos; lo subestimaron los públicos cultos, amantes de la literatura clasica y tradicional, de la “alta cultura”. Me inclino a sostener que el pensamiento íntimo y la ideología de un escritor y de un texto residen y se exhiben en su escritura; suele verse en esta novela un modelo de representación realista, cuando en verdad dista bastante de ello. Por el contrario, desde su idealismo y su vanguardismo, está mucho más vinculada a la huida crítica de la representación que a su dócil seguimiento; más cerca, como pregonaron desde el Creacionismo hasta el Surrealismo, de “la cosa creada” que de “la cosa cantada”, es decir, copiada; más ligada al arte y la literatura que no incorporan a sus obras objetos parecidos a los de la supuesta realidad sino que los crean allí, los hacen ser una realidad y desde la obra incorporarse a aquélla (como ha sucedido a lo largo de la historia en tantos casos y, Macedonio dixit, en el del gaucho mismo).
Don Segundo… parece un ejemplo paradigmático para el arte de la creación literaria, en el que los textos no dicen precisamente lo que se supone quiso el autor, sólo a conciencia, decir. Y únicamente el análisis de los borradores, de lo puesto y lo tachado, de lo querido y lo desechado, puede exhibir este oculto y oscuro camino que va de lo expresado en lo dicho a lo escrito. Quizás, por primera vez en una obra narrativa nacional, un texto que no deja de decir que es texto, aunque no se lo oiga así por la impronta de los personajes y del espacio, esté señalando, en su construcción, en su elaboración poética, que es ni más ni menos que literatura. De ahí, probablemente, su perduración.
* Escritor, docente universitario.

miércoles

Congreso de la Lengua en Córdoba: castellano para quiénes, castellano desde dónde


A t’aane’ u náajil a pixán.
Tumen ti’ kuxa’an a laats’ilo’ob.
Ti’e’ úuchben xa’anilnaj,
u k’aasal a kajtalil,
ti’ ku p’aatal a t’aan.
Tu idioma es la casa de tu alma.
Ahí viven tus padres y tus abuelos.
En esa casa milenaria,
hogar de tus recuerdos, permanece tu palabra.
(fragmento de La casa de tu alma, de Jorge Cocom Pech, poeta mexicano de idioma maya)


Una vez, cuando yo era chica,  mi abuela vasca me contó cómo era el trato en la escuela a la que apenas asistió unos meses como toda la educación que pudo recibir. Mi abuela era de una familia pobre que vivía en una aldea entre montañas donde el idioma cotidiano era el euskera. Pero el euskera estaba absolutamente prohibido en la escuela, donde las clases y todos los intercambios debían hacerse en español.  Obligados así a hablar en una lengua que no era la cotidiana a los chicos se les escapaban palabras y conversaciones en vasco, y entonces, si el maestro las escuchaba,  castigaba al alumno humillándolo delante de la clase y dándole una piedra que debía cargar en su cartera  ida y vuelta de la escuela a su casa, hasta que se escuchara a otro chico cometer el mismo error de hablar en su propio idioma, y le pasara la carga. La pesada piedra de la vergüenza le enseñaba así a los niños a callarse su lengua para no ser castigados, a ocultarla, a avergonzarse de ella, y a aceptar el excluyente castellano a los golpes.
Esto he recordado cuando está a punto de iniciarse en Córdoba el VIII Congreso Internacional de la Lengua (CILE), que se realizará del 27 al 30 de marzo. Los CILE, que se realizan desde 1997,  están organizados por el Instituto Cervantes, la RAE Real Academia Española  y las academias americanas de la Lengua, y acompañadas por los gobiernos de los países anfitriones.
Los más destacados escritores, investigadores y académicos se presentan en los debates de las sesiones plenarias y paneles que siguen cinco ejes principales: El español, lengua universal; Lengua e interculturalidad; Retos del español en la educación del siglo XXI; El español y la sociedad digital; y La competitividad del español como lengua para la innovación y el emprendimiento.  El lema de este año es “América y el futuro del español. Cultura y educación, tecnología y emprendimiento”. A la inauguración oficial del día 27 asistirán el rey de España y el presidente Macri, además de las autoridades del gobierno de Córdoba, de las academias, universidades y ministerios. Mario Vargas Llosa, Nobel de Literatura 2010  y notorio ideólogo ultraliberal, será una de las figuras estelares en la  apertura.
Acerca de las razones de estos congresos  los directivos de la RAE y del Instituto Cervantes han manifestado  que estos encuentros hispanoamericanos surgieron con el propósito de ser «espacios de celebración y reflexión sobre la lengua en todo el mundo», congresos de «hermandad entre quienes estamos unidos por una lengua, vínculo ante el cual todas las diferencias desaparecen». Se proponen también desarrollar compromisos institucionales con la unidad de este idioma que hablan más de quinientos millones de personas en el mundo.
Pero ¿todas las diferencias desaparecen?
Las declaraciones y discursos florecen en nubes de celebraciones fraternas por el idioma común pero nada dicen acerca de que hay una variedad, el español de España,  que se impone sobre las otras como la norma a la que las demás variedades deben referirse y aceptar, en un imperialismo lingüístico que no respeta otros parámetros que no sean los de la imposición de la institucionalidad del español, aunque el noventa por ciento de sus hablantes nativos sean americanos.
La RAE muestra su lema actual  “Unidad en la diversidad” y multiplica sus diccionarios panhispánicos  pero a la hora de considerar el habla correcta y la normativa de uso resulta que todo se somete a sus normas aristocráticas y a sus regulaciones y casi siempre somos los de ese noventa por ciento los que al final  hablamos incorrectamente el castellano. Lo que esa normatización  genera entonces es una jerarquía y una desvalorización más o menos consciente del habla o hablas de los latinoamericanos, que también, por suerte, son más o menos resistidas.
Esa desvalorización de los castellanos que hablamos de este lado se convierte en desplazamiento e inferioridad cuando el español convive con otras lenguas.  Así sucede hoy mismo para las naciones que en el Estado español tienen como idiomas nativos el euskera, el catalán y el gallego,  y que continúan bajo la obligatoriedad de ser educados en español y de aceptar que en los hechos hay lenguas superiores y lenguas inferiores.
Ni qué decir de los idiomas originarios de América a los que se les aplicó esa misma vara. Los hablantes de mapuche, guaraní o quechua, por nombras solo algunas lenguas,  han seguido el mismo curso violento de desplazamiento, ocultamiento y pérdida frente al castellano, desde la conquista y después también. Así, la institucionalidad del español  muestra que hay un solo idioma que uniforma y une a España, sin considerar de qué manera lo hizo o lo  hace, y  que en América señala a sus variedades como subordinadas y deja a los demás idiomas que se hablan en un callado segundo plano.
Por otra parte la orientación de los CILE es la que se impulsa desde Madrid y desarrolla el Instituto Cervantes para “promover universalmente la enseñanza, el estudio y el uso del español y contribuir a la difusión de las culturas hispánicas en el exterior”, pero en una perspectiva de mercado, como idioma de nivel académico en el horizonte de los negocios, algo de lo que da cuenta la implantación de los institutos Cervantes en más de 40 países desde los  años 90 acompañando la expansión de empresas españolas de comunicaciones, editoriales,  bancos y petroleras.  No por nada entre los patrocinantes y aportantes del Instituto Cervantes  aparecen Repsol, el banco Santander, Telefónica, Iberia o el diario El país, entre otros.  Completando el cuadro expansionista se propagaron también los institutos de enseñanza del español y la potestad de reconocer los títulos habilitantes, que el Cervantes trata de monopolizar.
“El que nomina, domina”, dice la definición. Y es que la lengua es  terreno de disputa como  ninguno porque quien habla nombra y designa, y transmite con sus palabras su visión del mundo  para imponerla sobre los demás.  Por eso se libran en la lengua intensas batallas políticas, sociales y de género, como la que se da ahora a capa y espada contra la resistencia tenaz de la RAE a aceptar mover el masculinizado español  hacia formas inclusivas y abiertas.
Y hay además una especie de falsedad en esta “fiesta” de la lengua, una celebración que cae a cierto vacío cuando brindan  en medio de las dificultades que pasan muchos de quienes trabajan con ella: editores, traductores,  escritores, docentes, libreros, que se ven obligados a cerrar sus pequeñas editoriales o imprentas, o penar laboralmente por imposibilidad de ser editados o contratados, o de vender el libro. Además de los alumnos o de los lectores en general que no pueden comprarlos.
Pero hay también otro congreso: al mismo tiempo que el CILE, y frente a este, se realizará  el I Encuentro internacional:  derechos lingüísticos como derechos humanos, que ha surgido como iniciativa de un grupo de estudiantes, docentes y egresados de  la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba.
Este encuentro se propone “visibilizar problemáticas vinculadas a la lengua y a las políticas lingüísticas, con la convicción de que el respeto a la variabilidad lingüística constituye un derecho humano inalienable”.  Serán cinco días de actividades, desde   el martes 26  hasta el sábado 30, para dar a conocer, intercambiar y  debatir acerca del castellano desde una perspectiva latinoamericana e inclusiva, con sus espacios abiertos al acercamiento con las lenguas originarias. Las numerosas mesas y paneles de su programa, a los que asistirán investigadores, escritores y periodistas,  buscarán descorrer los velos que normatizan el castellano de manera jerárquica y autoritaria,  para pensar a la lengua y a las lenguas como un derecho de sus hablantes y  para darles la pluralidad de sentidos y de voces que ellos necesitan.

Isabel Garin

Arte: Niño chicotero, de Francisco Huaroco

viernes

“Roma” en los Oscar: disparen contra Yalitza



El domingo 24 de febrero se realizará la entrega de los premios Oscar. Estos premios  se entregan de acuerdo a  la visión de la Academia de Artes y  Ciencias Cinematográficas, corazón de una de las industrias culturales más poderosas del mundo, la de Hollywood.  La Academia siempre ha seguido en sus elecciones los debates políticos y sociales de los Estados Unidos (las guerras, la especulación financiera o inmobiliaria, el poder de las corporaciones, la violencia social, homosexualidad y cuestiones de género, etc.),  y desde determinadas visiones políticas los de otros países y circunstancias.  En los rubros técnicos los Oscar están  también siempre a la cabeza de los avances y novedades tecnológicas de la cinematografía. Ahora es el turno del streaming, la modalidad que domina Netflix de distribución bajo demanda de contenido multimedia por Internet. De esta manera  han comenzado a estrenarse películas de primer nivel de producción al mismo tiempo en los cines y en Netflix, algo que se verá reflejado este año en la premiación.
Tal es el caso de Roma, la película dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón, que tiene diez nominaciones a los Oscar incluyendo la de Mejor película además de Mejor película de habla no inglesa, una doble nominación nada común. Tampoco es común lo sucedido con la protagonista Yalitza Aparicio, una joven mixteca que nunca había actuado en cine ni tenía ningún desarrollo actoral, y que está nominada a Mejor actriz por su papel de Cleo, el protagónico de Roma, junto a verdaderos pesos pesados como Glenn Close o Lady Gaga.

Pinche india
Roma recibe respuestas apasionadas adonde sea vista. El director Alfonso Cuarón celebra que su película despierte hondos sentidos emocionales y además que abra un debate, ahora explícito, sobre el racismo en el mismo México.  Cuando la protagonista, desconocida hasta el estreno, comenzó a ascender como figura pública mediante múltiples presentaciones, entrevistas en medios nacionales e internacionales, tapas de revistas y más, Yalitza Aparicio comenzó a recibir ataques y descalificaciones  que revelan  profunda discriminación, descreimiento de sus capacidades, intensas broncas y envidias desatadas.
Por supuesto que ella y la película han recibido felicitaciones, apoyos  y  buenos deseos en su país pero estos no han ocultado  los otros comentarios: reconocidos actores y actrices, conductoras de televisión, miembros destacados del ámbito de la cultura,  la descalifican considerando que simplemente  Yalitza “ha tenido buena suerte”,   “que le tocó a ella”,  que no ha elaborado un papel porque simplemente actúa como es y  que no podrá sostener una carrera de actriz, sin que falten los comentarios machistas (expresados por mujeres) de que no tendrá suerte en Hollywood porque para eso “le haría falta un cuerpazo”. E incluso que tuvo la suerte de la fea.  También se hizo público que  existía un movimiento de actrices para impedirle que fuera nominada a los premios Ariel, los más destacados del cine mexicano.
Más graves por su crudo y cotidiano racismo han  sido los comentarios del conocido actor Sergio Goyri. En un  video ocasional, en reunión de amigos, se lo escucha protestar porque hayan nominado a los Oscar a “una pinche india, que solo dice “Sí, señora, no, señora” (en la película) y que la metan en una terna a mejor actriz del Oscar”. Después que se viralizaran  sus expresiones recibieron un fuerte repudio,  de apoyo a Yalitza, y más tarde Goyri pidió disculpas, pero ya había revelado su pensamiento real acerca de Aparicio.  Un pensamiento no solo individual.

Más allá del racismo
A los insultos y descalificaciones Yalitza responde que está orgullosa de su condición de mujer indígena. Y muestra y defiende sus orígenes al declarar que entrará a la gala del Oscar acompañada por su madre, una mujer que siempre ha sido empleada doméstica, igual que el personaje de Cleo.
Por su parte Cuarón reivindica también que en la película se hable mixteca, uno de los varios idiomas originarios que se ocultan en México, y sostiene que darles lugar es parte de una lucha contra el racismo y el clasismo.  Y reafirma junto a Yalitza la lucha de los inmigrantes en Estados Unidos al dirigirla en una sesión de fotos justo frente al muro fronterizo que separa a ese país de México.



A lo largo del tiempo la Academia de Hollywood ha sido acusada con razón de ignorar o disminuir la  nominación de directores o actores negros, para terminar entregando un Oscar “blanco”.  Podría ser que en esta oportunidad buscara reivindicarse,  en posición  contraria a las políticas inmigratorias de Trump,  premiando con el Oscar a mejor actriz a una joven mujer mexicana, que debuta en cine, indígena, de orígenes muy humildes, que habla un idioma originario,  y que no cumpliría ciertos  estándares de belleza que se imponen en las pantallas.  Y que el director de Roma gane varias de las nominaciones que ha sumado permitiéndole a ambos, entre otras cosas, destacar las condiciones de vida de los de abajo en México y en Estados Unidos.
No estaría nada mal en épocas de agresión extrema contra los inmigrantes, violencia contra las mujeres,  desprecio y ocultamiento de los originarios y explotación de clase.
Isabel Garin
(colaboración  en 


lunes

Una historia que flotaba en el agua


Una vez soñé que yo entraba a un libro que flotaba en el agua.  En realidad lo que flotaba era la historia que ese libro contaba, y yo, sumergida,  veía desde abajo el texto que ondeaba suavemente en el agua cristalina, y leía las palabras al revés,  límpidas y ondulantes en  el reflejo de  la luz.

Isabel Garin



domingo

¿Por qué no te lees un librito de vez en cuando?

Eso preguntan Thalía y Lali Espósito en su tema Lindo pero bruto. Y se lo preguntan a ese bello de cuerpo duro pero cerebro en blanco al que invitan a hacer "desastres" un rato. 
Un rato de desastres o de alboroto y luego que se vaya a leer algo no estaría nada mal en estos tiempos de apariencia y de pantallas. A pesar, entonces, de tanto de las dos (apariencia y pantallas), el libro sigue guardando la capacidad de enseñar, de instruir, de ofrecer ese ejercicio intelectual de la lectura que no se encuentra de otro modo, y de colmar un cerebro vacío, según la sugerencia que le hacen las chicas. 





sábado

Milanesas


El hombre es joven pero la vida en  la calle lo ha estropeado y es fácil darle más años de los que tendrá. Que todavía es joven se nota por su porte erguido, y que sufre estropicio por las arrugas prematuras en la piel oscurecida y  por los dientes faltantes.

Justamente de los dientes se trata. Hace varios días que no mete entre los dientes que le quedan algo sustancioso, algo sólido, algo de carne, algo salado que deba masticar y al que se le sienta el pedazo al pasar por la garganta. No ha recolectado más que desayunos permanentes, recogidos de caridades de las panaderías o de sobras de  bares: un par de sanguchitos de miga con casi nada en el medio, dos porciones frías de pizza, unas medialunas saladas un día, unas medialunas dulces al siguiente… Hoy ha despertado soñando con milanesas. Se despertó comiendo milanesas en su casa, en la casa donde vivía de chico y adonde las milanesas eran un lujo muy ocasional y muy medido. Pero en el sueño había, y muchas, en una fuente grande en medio de la mesa, y por más que él y sus hermanos comían todas las que querían la fuente estaba siempre llena. Sacaban y sacaban milanesas y seguía habiendo, con muchas pero muchas papas fritas.




El hombre se despertó en la entrada del banco donde duerme con esa consistencia de carne empanada en la boca y el estómago haciendo ruidos de vacío. Ese vacío acuciante lo puso de pie. Sintió también que no aguantaba otro día más de medialunas y que salivaba de ganas de comer milanesas.
La memoria que se las hizo soñar le dejó una en el cerebro. Con ella titilando caminó durante la mañana a la deriva hasta llegar frente a una rotisería china de autoservicio.  Es mediodía ahora y el espectáculo es soberbio: hay cuatro largas hileras de fuentes metálicas repletas de comidas. Algunas, las calientes, desprenden un suave vapor.  Las frías esperan quietas, metros y metros de ensaladas diversas, budines, postres. Las vaporosas son canelones de verdura, tartas de choclos o de jamón y queso, arroces, albóndigas de carne en su salsa, batatas dulces o saladas, hamburguesas variadas, berenjenas, carne al horno, pasteles de vegetales al horno, bombas de papa con queso.




Y milanesas. El hombre se detiene en la puerta, que está abierta, invitándolo a pasar. Hay milanesas, las descubrió en el primer vistazo o tal vez ellas mismas lo llamaron. Su cuerpo tiembla de excitación. Su conciencia en el estómago lo impulsa y da un paso. Pasa la puerta como si pasara una frontera, la pasa y entra.

Y se abalanza. Se abalanza sobre la fuente de milanesas. Ha empujado a alguien de ese lugar, un hombre que retrocede, sorprendido, unas chicas que se servían cerca se alejan, asustadas. Pero él no ve a nadie. Ve milanesas. Agarra una, la siente en la mano, la estruja para sacarle la verdad, y se la lleva a la boca. Le da un buen mordiscón y en la boca es real, no es un sueño, es carne, huevo, pan rallado. La mastica. Lo confirma. Otro mordiscón, ahora tiembla de plenitud, ¡come milanesas! Se acaba la primera en tres o cuatro bocados velocísimos. Agarra otra.

A su alrededor se arma un remolino extrañado. Los clientes con sus fuentecitas en la mano se han paralizado viéndolo comer ahí mismo. Desde el mostrador los dueños que envuelven las fuentes y cobran salen de un instante de sorpresa y le gritan algo en chino, ¡alto!,  se supone, y ahora salen de atrás del mostrador al mismo tiempo que aparecen empleados de la cocina, atraídos por los gritos.
El hombre nota que se acercan  y en un reflejo de lucidez se aferra con la mano izquierda al exhibidor de comidas: de ahí no lo saca nadie, va a seguir comiendo milanesas aunque deje la vida. Enseguida siente que lo tiran desde atrás pero él tiene una milanesa en la mano derecha y la aprieta bien fuerte aunque un chino a los gritos se la quiera sacar. De ninguna manera. Con la cabeza para atrás, tironeado por los pelos, empujado, insultado, no pueden abrirle la mano izquierda aferrada como garra y no es posible cerrarle la boca con la que sigue comiendo. Sí, señor. 

En los forcejeos algún codo o mano ha caído sobre los canelones vecinos y los ha desarmado y desparramado en una mezcla de verdura, ricota y salsa blanca que salpica a los luchadores. Se oye un coro de exclamaciones del público que parece asistir a una inesperada y exaltada obra de teatro. No logran retirar al hombre del exhibidor, alejarlo, porque los intentos de hacerlo son desordenados y superpuestos y no advierten que lo que tienen que hacer es sacar de allí la fuente de milanesas, y como no lo advierten el hombre vuelve a pescar con la mano derecha, inteligente y autónoma,  otra más,  y sigue devorándolas ante la furia china que quiere detenerlo torciéndole el brazo y no lo consigue.

En esas están todos cuando un patrullero se detiene frente al local. El hombre ha oído la sirena y advierte la amenaza de su reflejo azul pero ahora ya está satisfecho. Abre la mano izquierda, se suelta. Mastica el último bocado, se relame, se pasa la gozosa  lengua por los labios.

Isabel Garin



martes

Sumatorias


Hay una remota sensación de tener que cruzar a pie un país entero; o de inabarcable, igual que frente al mar,  ante el libro muy extenso. Me ha pasado de dudar emprenderlo en una cierta evaluación costo-beneficio que nunca he sentido con las obras más breves. A cualquiera, corta o larga, puedo dejarla cuando quiera si no me gusta pero dejar de leer la extensa me remite a flojedad, abandono, retroceso, como si el libro extenso solo por esa condición me desafiara.

Pero si el libro extenso me gusta… ¡qué placer que sea ancho como el mar! Así recuerdo haber navegado por la Pastoral americana, de Philip Roth, durante unas vacaciones en las que no podía dejar de leerla. A la mañana salía de caminata por la playa con ella en la mochila, y donde me sorprendieran las ganas de descansar o después de bañarme la sacaba para continuarla.  Me gustaba poder volver muchas veces a leerla y hacia el final, como siempre me pasa cuando lo que leo me cautiva, contaba o palpaba las pocas páginas que restaban de las 546 trajinadas por el Sueco, el protagonista, deseando que no acabaran nunca.


A las 765 páginas de El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, entré sin ninguna duda y las navegué de día y de noche  atrapada por las vidas dramáticamente confluyentes de Troski y de Mercader y por los tiempos que vivieron, de feroces persecuciones, enfrentamientos y guerras, y también atrapada por el melancólico Iván, por los descubrimientos que va haciendo de ese hombre que pasea por la playa con sus galgos rusos.  Página tras página sin ningún naufragio de aburrimiento deslumbrada por asistir a épocas tan definitorias  en la piel y sufrimientos de sus protagonistas.




En cambio, estaba por defeccionar con La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina, leídas ya una veintena o treintena de páginas sin que Ignacio Abel  intentara alguna clase de seducción para que me quedara en su historia. Iba así, a punto de abandonarla irritada con el nivel de detalle minucioso que se cuenta acerca de ese hombre que se encuentra en la cima de su carrera profesional y también de su hastío familiar, cuando vi cómo hacía barquitos o casitas o avioncitos para sus hijos, él, el arquitecto tan reconocido, jugando al placer de hacer pequeñas cosas con sus propias manos. Y en ese momento hizo el gesto invitador para que no me fuera y terminé fascinada viviendo con él las 958 páginas en las que Abel transcurre su existencia en Madrid  entre 1935 y 1936, arrastrado por los remolinos de su amor clandestino con Judith y por el comienzo de la Guerra Civil.

 Además de esas, ¿cuántas páginas habré leído en mi vida? Una pregunta de respuesta imposible además de inútil: ¿para qué serviría saberlo? Pero tal vez le sirve a potenciales lectores conocerlo de antemano, según me contó hace ya tiempo una compañera de trabajo.
Había ido a la feria del libro y, suerte para ella, había encontrado varios títulos que le interesaron  a muy buen precio. Se los compró y volvió feliz a su casa. Los estaba compartiendo con su familia cuando el hermano menor empezó a hacer una actividad extraña con aquellos ejemplares de novelas, de cuentos o de poemas: los abría, miraba la última página, parecía contar,  dejaba ese libro a un lado, tomaba otro, miraba la última página, contaba algo, y así hasta terminar la pila que mi compañera había llevado. Y al final, como alguien agobiado por un descubrimiento de pesadas consecuencias, se agarró la cabeza con las manos y exclamó:
 ¡Son 1523 páginas!
Había sumado en total las de todos los libros. Sin reparar en los títulos, los autores o el entusiasmo literario de la hermana, la sumatoria lo había desolado.