sábado

La parada de Braian

Braian  para en el  cajero de un banco en la zona de Rivadavia y Av. La Plata.  Es casi mediodía y está acostado a la entrada del cajero, bien despierto, dispuesto a saludar y a charlar si se presta la ocasión, atento a quienes entran y salen de la habitación de las máquinas mágicas llenas de plata. Se tapa con un acolchado de color celeste, viejo y sucio, y cuando me detengo frente a él se lo sube más todavía, con un cuidado pudoroso.  

Ahí para. Así llaman los despojados de todo a asentarse en un lugar,  una ubicación exclusiva en la ciudad enorme, un remedo de casa y de propiedad, un lugar para indicar adónde se lo puede encontrar.  ¿A quién o a quiénes les importaría saber de él, me pregunto, buscarlo y encontrarlo en este cajero? Braian parece de unos veinticinco años, tiene el pelo corto y una expresión entusiasta, y le faltan los dientes de adelante.

Me quedo charlando con él.  A mi  pregunta responde que está en la calle desde marzo, que vivió un año y medio en un hogar del Gobierno de la Ciudad pero que lo echaron porque estaban bardeando  con no consumir, dice, cada vez bardeaban más con eso, que el faso se deja pasar pero que la cocaína no. ¿Y qué pasó?  Me perdonaron una, dos, tres veces, pero murió mi viejo, me puse mal, le di a la coca, fui preso, y ahí me echaron.

Eso me cuenta Braian.

Y ahora cómo lo llevás, le vuelvo a preguntar porque él me habilita, habla sin tapujos, es simpático y conversador.  Me estoy aguantando, hace dos meses que no consumo nada, dice, anoche vinieron unos pibes amigos y me ofrecieron, pero no quise…y chifla, ffffuuu, difícil, eh…

Hace un alto, parece reconsiderar lo que está contando. Pero yo ya me voy a ir de la calle, el gobierno me va a dar un subsidio y voy a poder alquilar, asegura, y cuando lo dice la voz le cambia, la creencia en ese subsidio se la vuelve cálida, esperanzada, y lo precisa: de 6800 pesos. Yo, que no he escuchado nada de otorgamiento de subsidios para gente de la calle, me callo la boca muy desconfiada de que ese buen suceso, suceda.  Braian fue a preguntar ayer al banco donde supuestamente se tramitaría pero no había nada todavía.  Y sigue: en cuanto alquile, busco trabajo.
Ah, lo acompaño yo en su alentadora perspectiva, ¿y qué sabés hacer?, y él enumera: fui bachero,  sé cortar fiambres, lavé autos, atendí el kiosko de mi abuela mucho tiempo.  ¿Y porqué no se quedó atendiéndolo? Porque su abuela es muy interesada, lo único que le importa es la plata, y a él eso no le va.

Así me aclaró Braian.

El cajero está muy concurrido a esta hora,  todo el tiempo entra y sale gente que pasa a nuestro lado. Sin decirle nada, una mujer le da a Braian diez pesos y él los acepta con toda cortesía. Pasa un cochecito de bebé, aparatoso como una nave espacial, y me corro para hacerle lugar. Un hombre que va a entrar después  del  cochecito observa con recelo la demorada conversación que estamos teniendo y me interpela con cierto fastidio: ¿pasa, señora?, como si tuviera que finalizarla y apurarme para entrar a la sala de las máquinas mágicas, pase usted, si quiere, le contesto.  

¿Y molesta la policía?, sigo con Braian, y entonces advierto la inusual manera de charlar que estamos teniendo: yo de pie, él acostado, arrebujado en su acolchado viejo, al borde de la ruidosa avenida, los dos manteniendo una larga conversación de lo más natural y fluida como si estuviéramos sentados a la mesa de  un bar.  A veces, dice, sobre todo los de la policía de la Ciudad, esos son unos pibes muy agrandados que te quieren llevar por delante. Y encima son más chicos que vos, calculo, tienen mi misma edad, corrige, tienen dieciocho años y se las quieren saber todas, desprecia, enojado.

Yo quisiera saber si todavía podría irse a la casa de algún familiar, o volver a la que antes habrá sido su casa,  la casa de dónde se haya ido al principio de todo, al principio de las adicciones, cuando todavía atendía el kiosko de la abuela o manejaba la cortadora de fiambre en un super de barrio, antes de que lo internaran en el hogar de donde fue expulsado.  Sí, me confirma, yo tengo la casa de mi madre, pero no quiero vivir ahí. Hace un silencio y agrega: me pegaba mucho de chico, me pegaba con todo lo que tuviera a mano. Ahora paso a saludarla de vez en cuando, y a ver a mis hermanas chicas, pero no me quiero quedar. Porque si ahora viera a mi vieja pegándole a mis hermanitas como a mí, sería capaz de cualquier cosa.

Así me explica Braian.







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